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Imaginemos la Península Ibérica ocupada por los franceses.

Un amigo de lengua castellana comentaba con extrañeza del porqué muchos catalanes queríamos que nuestra nación tenga un estado independiente, a lo cual le respondí: «Imagínate que los franceses obligan a ti a abandonar tu lengua y cultura castellanas, forzando a aprender el francés, y hacerte decir que el francés es tu lengua propia». Lo entendió inmediatamente.

De aquella respuesta ha salido una pequeña historia de ficción, destinada a hacer entender a las personas de otros pueblos de la Península Ibérica del porqué los catalanes queremos un estado propio, practicando este ejercicio consistente en «si quieres entender al otro, ponte en su lugar».

Imaginemos la Península Ibérica ocupada por los franceses.

Napoleon en la Peninsula Iberica.Resulta que toda la Península Ibérica resta ocupada por los franceses después de las guerras napoleónicas. Una guerra que terminó cuando Napoleón entró en la ciudad de Cádiz, un 11 de septiembre de 1814, después de catorce meses de sitio.

Los ocupantes franceses prohíben entonces las lenguas ibéricas e imponen el idioma francés como lengua oficial en las escuelas, las instituciones políticas, la administración, la justicia, la cultura, el ejército, etc. La prensa, la literatura y los libros de texto de la Península deben escribir sus contenidos en francés. La censura traduce o hace traducir a los mismos autores ibéricos sus libros al idioma galo, cambiando sus contenidos para adaptarlos a la ideología dominante del imperio, eliminando de la circulación todas las obras originales de las diferentes lenguas ibéricas, para que así se pierda el rastro de su verdadero origen.

Los libros de historia y las enciclopedias nuevamente publicadas deben adaptarse a la nueva realidad. La censura implícita o explícita nos da a entender que, en verdad, el origen de la cultura de la Península Ibérica estuvo en Francia. Que franceses fueron sus artistas, filósofos, científicos, políticos, exploradores, etc.

Tras un período de tiempo de ocupación y gobierno militar, muere Napoleón I y los franceses convocan elecciones a las dos cámaras de todo el imperio. Los diputados de habla francesa son mayoría en ambas. Se elabora una Constitución del Imperio, los artículos principales de la cual sólo se pueden modificar mediante una mayoría cualificada y, a continuación, la convocatoria de un referéndum decisorio de todos los ciudadanos del imperio. Se decide entonces ofrecer un estatuto de autonomía a la Península Ibérica, con una presidencia y un parlamento autonómicos.

La constitución del imperio, en uno de sus primeros artículos, garantiza la indisoluble unidad de la patria imperial, siendo avaladoras sus fuerzas armadas. Sus tropas celebran una vez al año, el «Día de la francesidad», desfilando bajo el Arco de Triunfo de París, con el nuevo emperador saludando las diferentes unidades, junto a sus ministros y los presidentes de las autonomías que quieran asistir.

En la cámara autonómica ibérica, los parlamentarios pueden hablar en francés y en el resto de idiomas de la Península. Los representantes de la Península asisten a las sesiones parlamentarias de las dos cámaras del Parlamento de París, donde están en minoría frente al resto de parlamentarios del conjunto del imperio.

En el Congreso de Diputados y el Senado franceses, sólo es oficial el francés, exceptuando un día señalado en el año en que, por una gran deferencia y generosidad por parte de la mayoría, los parlamentarios de los diferentes territorios de habla no francesa pueden hablar en sus idiomas nativos, facilitando, eso sí, una traducción simultánea de cada lengua ibérica hacia el francés, para que los parlamentarios franceses nativos no tengan que molestarse en escuchar una lengua que no sienten como suya. Si un parlamentario ibérico se expresa en su lengua propia fuera de esta fecha, el presidente de la cámara le retira la palabra y hace desconectar el sonido del micrófono.

Paralelamente, el Imperio francés en su conjunto ingresa en la Unión Europea. En las elecciones al Parlamento Europeo, existe una demarcación única para el Imperio francés, donde los diputados de los territorios de la Península Ibérica, una minoría reducida del conjunto imperial francés, están representados con un número de diputados muy por debajo de otros estados europeos de población similar a la íbera. Uno de los miembros de la Mesa del Parlamento Europeo, un diputado ibérico «afrancesado», prohíbe repetidamente el uso y la oficialidad de las lenguas ibéricas en la cámara europea, afirmando que, con el idioma francés, estos diputados ibéricos deben sentirse más que orgullosos.

Hay políticos franceses que critican la actitud de los pueblos ibéricos cuando defienden su lengua, cultura y nación nativas, calificándola como «nacionalista», «provinciana», etcétera, mientras que la defensa de la lengua, cultura y nación francesa la califican como una actitud normal de cualquier ciudadano del imperio.

Mientras tanto, en la Península, ciertos investigadores ibéricos descubren, mediante una labor digna de los mejores detectives que, dentro de lo que ha sobrevivido en la censura gala, en una buena parte de la creación literaria atribuida como francesa, hay contradicciones y giros lingüísticos suficientes como para demostrar que muchas de aquellas creaciones, cuyo origen se atribuye en aquel entonces a la Isla de Francia, son, en verdad, obras originarias de los diferentes pueblos de la Península, pero traducidas al francés. Además, descubren que su contenido y autoría han sido manipulados y tergiversados.

Curiosamente, hay algunos intelectuales y artistas franceses, entre los que se producen honrosas excepciones, que se escandalizan por la publicación y difusión del resultado de estas nuevas investigaciones. Acostumbrados a que su cultura haya asumido esta abundante creación ibérica como suya, se sienten como si hubieran sido víctimas de un hurto, cuando, en verdad, fueron sus antecesores los usurpadores. Los calificativos de estos intelectuales y artistas hacia los investigadores ibéricos varían entre la condescendencia y el insulto más descarado.

Además, se constata, en algunos ejercicios presupuestarios, de que los diferentes pueblos de la Península Ibérica son contribuyentes netos al erario público francés, y que reciben muchos menos dinero del que la administración francesa recauda en sus respectivos territorios. Este descubrimiento en sí no es un hecho nada excepcional, porque siempre que hay una metrópoli dominante de un imperio y una colonia sujeta a la anterior, la colonia aporta más recursos a la metrópoli que a la inversa. Más adelante, las balanzas fiscales no se dan a conocer al público para no despertar aún más el sentimiento «nacionalista» ibérico.

Llegó un día en que los diferentes pueblos de la Península Ibérica se manifiestan masivamente por la independencia, hartos de la marginación, del mal trato y el expolio que sus naciones han sufrido. Hacen la demostración justamente un 11 de septiembre, que es el aniversario del día de su derrota decisiva en Cádiz ante los ejércitos napoleónicos, convertida esta fecha en su celebración nacional. Los medios de información de la Isla de Francia, al principio, silencian este acto público.

Tras una negociación infructuosa con el presidente del Consejo de Ministros francés, el presidente de la Comunidad Autónoma ibérica decide disolver su cámara autonómica, convocando nuevas elecciones y proponiendo realizar un referéndum en la siguiente legislatura, para que sus habitantes decidan si quieren ser un estado independiente o no.

El presidente del Consejo de Ministros francés hace entonces declaraciones en el sentido de que un referéndum de estas características se encuentra fuera de la Constitución imperial francesa. Que fuera de esta Constitución no hay Unión Europea que valga. Interpreta que un nuevo estado surgido del Imperio francés no puede pertenecer a esta Unión. Amenaza con vetar el ingreso del nuevo estado de la Península, si esta independencia se produce. Además, afirma que una Península Ibérica independiente es inviable económicamente y que sus habitantes vivirían en la mayor de las indigencias.

Hay políticos «afrancesados» ibéricos que también se manifiestan en la Península a favor de su pertenencia al Imperio francés. Elogian, con orgullo, la hermandad de los pueblos francés y ibérico fruto de la ocupación napoleónica, y advierten del peligro de la división de la población de la Península Ibérica entre independentistas ibéricos y «afrancesados».

Sin embargo, hay otros políticos, independentistas ibéricos, que afirman que una Península Ibérica independiente debe ser un nuevo estado de la Unión Europea, en igualdad de condiciones con el antiguo Imperio francés y con el resto de naciones europeas, con sus lenguas nativas oficiales en su nuevo estado. Defienden que esa independencia debe producirse de forma no violenta.

También debaten entre ellos la conveniencia o no de prolongar la cooficialidad del idioma francés en su territorio. Unos argumentan que hay que respetar las generaciones de personas que han convivido con esta lengua oficial en la Península, con el fin de evitar una división social que puede frenar el proceso de emancipación peninsular. Otros responden que la lengua francesa no está en peligro de extinción, porque puede seguir siendo oficial en territorio francés, mientras que las lenguas peninsulares sí están en peligro, si no disponen de un ámbito geográfico donde el uso de cada una de ellas sea imprescindible.

Conclusión.

Hasta aquí esta historia, que para los catalanes es profundamente familiar y esclarecedora. Este cuento sirve para explicar que los miembros de cualquier nación quieren ser ellos mismos y no otros. Pero que queramos ser nosotros mismos y no otros no quiere decir que queramos crear una nueva relación de dependencia, sino que no queremos que haya naciones de primera: las metrópolis de cada imperio, y naciones de segunda: sus colonias. Tan sencillo como que cada nación debe ser libre y debe poder participar, con voz propia y de igual a igual, dentro del proyecto político común de cada continente, como cada continente debe participar, con voz propia y de igual a igual, dentro del proyecto político común del mundo entero.

En Barcelona, a domingo, 2 de diciembre de 2012.


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