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Nuevos apartados:

Al servicio de este pueblo.
Lluís Maria Xirinacs.
Artículos publicados en el diario Avui, cuando Lluís Maria Xirinacs era senador independiente en las cortes constituyentes españolas, entre los años 1977 y 1979, traducidos al castellano.

Diario de un senador.
Lluís Maria Xirinacs.
Artículos publicados en el rotativo Mundo Diario, cuando Lluís Maria Xirinacs era senador independiente en las cortes constituyentes españolas, entre los años 1977 y 1979.

Publicaciones:

Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

Luís Ulloa o el historiador total. Jordi Bilbeny.

Luis Ulloa.Luís Ulloa fue un investigador histórico, peruano de ascendencia gallega, que en un primer momento quiso demostrar el origen también gallego del navegante conocido como Cristóbal Colon. Las evidencias logradas a lo largo de sus estudios le obligaron a corregir el rumbo de sus investigaciones, hasta evidenciar la catalanidad del navegante y de buena parte del llamado descubrimiento de América.

Evaluando el curso de su labor, aquello que es encomiable en Ulloa es que, como investigador social, se adapta rigurosamente a las informaciones que va recibiendo, replanteádose radicalmente a cada momento sus conclusiones, mientras va superando los condicionantes que la censura real española impuso desde el siglo XVI. En el siguiente artículo de Jordi Bilbeny éste se manifiesta seguidor del espíritu impulsor de Luís Ulloa.

Conscientes de que la història la comienzan a escribir los vencedores, Jordi Bilbeny ha conseguido con el tiempo crear un equipo de estudiosos que, con los documentos, materiales y transmisiones que han sobrevivido a la censura, emprenden, de forma detectivesca, la detallada restauración a sus orígenes de los hechos censurados de la historia de la nación catalana. Un camino del que hay que aprender para la también necesaria recuperación de la historia de las culturas nativas de las Américas y de otros lugares, donde los antepasados de los actuales catalanes dejaron su rastro colonizador.

Desde el Centro de Estudios Joan Bardina nos solidarizamos con la tarea de los investigadores sociales rigurosos que, como Luís Ulloa y Jordi Bilbeny dentro de la historia, así como Agustí Chalaux y Lluís Maria Xirinacs en la política y la economía, ofrecen soluciones innovadoras y eficaces para su tiempo. También lo hacemos con todas las naciones que, en función de la opresión vivida, han visto censurados los hechos de su historia y cultura por los respectivos imperialismos que las dominan o las han dominado. Unos argumentos más en favor de la libertad y la fraternidad de totas las naciones y en favor de la transparencia informativa que reivindicamos, en el ámbito de la economía y la política, con nuestra propuesta de Sistema General.

Brauli Tamarit Tamarit.
Martes, 4 de marzo del 2014.

Luís Ulloa o el historiador total.

En 1989 me encontraba en Bloomington, Indiana, en los Estados Unidos de América, buscando documentación que me permitiera escribir una novela sobre Cristóbal Colón y el descubrimiento, basándome en su posible catalanidad. Hasta entonces, sólo contaba con cuatro nociones vagas sobre el tema. Había leído, muy joven, las Memòries secretes de Cristòfor Colom [Memorias secretas de Cristóbal Colón], de Miquel Ferrà, una novela de tono más literario que histórico, el libro de Pere Català i Roca, Quatre germans Colom, el 1462 [Cuatro hermanos Colón en 1462], que recorría los rastros históricos de estos hermanos barceloneses, y la ponencia que Teresa Baqué había presentado en el V Coloquio de Estudios Americanos de Norteamérica, titulada «Noves Dades sobre el Descobridor d'Amèrica a Catalunya (l'Herald Paine pour Joie)» [Nuevos Datos sobre el Descubridor de América en Cataluña (el Heraldo Paine pour Joie)] y que ella misma me había enviado a los Estados Unidos, enterada por un conocido común que yo preparaba un libro.

La lectura de este pequeño opúsculo, mecanografiado, me trastornó. Por primera vez, Teresa Baqué iba más allá de todas las conjeturas sobre la catalanidad de Colón y, a través de sus investigaciones, y del hallazgo de nueva documentación, demostraba que los Ianyes-Pinçon estaban en Cataluña, en el Ampurdán y Pals. Y que, en consecuencia, si Colón los fue a buscar en algún lugar preciso de la geografía hispana, para llevárselos con él al Nuevo Mundo, sólo podía haber ido a Pals. Y sólo desde esta villa debían haber zarpado las tres carabelas en aquella tan famosa como rememorable primera expedición transoceánica.

Yo entendía -porque lo había conocido por diversas vías- que los nombres de las personas se maquillaban y arreglaban a gusto del consumidor. La experiencia lo demostraba ampliamente con ejemplos múltiples, como es el de Llull, a quien se decía Lulio, el de En Boscá, presentado como Boscán, los Borja, conocidos aún hoy en día como Borgia o el caso de Colom, que ahora nos ocupa, escrito como Colomo, Colombo o Colón. Pero lo que no acababa de comprender es que se pudiera hacer algo parecido con un topónimo y, por si fuera poco, después, todavía, deslocalizarse y situarlo en otro país.

Por eso mismo, no me sorprendió que los Ianyes se encontraran en Cataluña, pero que hubieran desvirtuado el Pals catalán para hacerlo pasar por Palos andaluz me pareció de pronto una mera prestidigitación, propia de la lógica que ahora exponía, pero invertida: si Colombo era un Colom, Palos podía ser Pals. Me costaba aceptar, pero si podía confirmar la evidencia, con pruebas sólidas y argumentos irrefutables, estaba convencido de que el estudio de la catalanidad de Colón haría un giro copernicano y ayudaría muchísimo a derribar el muro de la indiferencia general sobre el tema.

Fue, pues, mientras buscaba los argumentos para construir un discurso que me permitiera convencer a la intelectualidad y la ciudadanía catalana que Palos era en realidad Pals, y que Colón, además de catalán, zarpó de las costas de Cataluña, que topé con un libro de la Ulloa, de difícil adjetivación: El Pre-Descubrimiento Hispano-Catalán de América 1477.

El primero que me habló de este investigador peruano fue el Padre Valentí Serra, alrededor del año 75, cuando entonces él era un novicio, en el convento de los capuchinos de Arenys de Mar. Aquella conversación, siempre que hablo de Ulloa o de Colón, me viene a la memoria con una vividez extrema. Valentí tenía claro que Colón era catalán, que había luchado de corsario a las órdenes del rey Renat de Anjou contra Juan II y que, por esta razón, se tuvo que ocultar y cambiar su nombre de Juan por Cristóbal. Y me lo explicó con un convencimiento tan profundo, que pensé que debería ser verdad y que, por las razones que todos conocemos y que afectan el estudio de nuestro pasado, no lo habíamos podido saber. La segunda vez me lo comentó Josep Maria Pons i Guri, en el seno del Arxiu Històric Fidel Fita, de Arenys de Mar, del que él era el director. Cuando le dije si había oído hablar de la catalanidad de Colón me enseñó un libro de Ulloa, que había leído años atrás, pero me desaconsejó la lectura porque -dijo- aquel hombre era un chiflado.

Pero cuando yo, en Bloomington, saqué de un estante de la Biblioteca de la Universidad de Indiana su libro sobre El descubrimiento hispano-catalán de América y lo empecé a hojear, mi percepción sobre Ulloa y sobre Colón cambiaron radicalmente. Hubiera querido decir que cambió, sobre todo, mi punto de vista sobre la historia en sí, pero el estudio de la historia de Cataluña y las múltiples charlas que había tenido con Félix Cucurull, así como la deglución de algunas de las sus obras, y, más tarde, las lecturas que había hecho antes sobre la personalidad histórica de Jesucristo y su adaptación por la censura religiosa del momento, ya me habían abierto la mirada sobre la configuración de la historia y cómo ésta iba variando en función de los poderes políticos y religiosos que la controlaban.

Por lo tanto, cuando me topé de bruces con Ulloa, todas aquellas lecturas se reactualizaron y desplegaron con mucha más fuerza y convencimiento. Ulloa no era un historiador convencional, como los profesores de historia que había tenido en el instituto de Calella o en la Universidad. Y, a pesar de ser archivero, tampoco era un archivero como Pons Guri. Ulloa entendía la historia, no como una foto finish, sino como un ser o un espacio en movimiento, donde las cosas que pasaban podían ser ocultadas, donde se perdían rastros y se inventaban otros. Y hasta el más mínimo detalle se tenía que mirar con lupa. Analizaba los documentos desde múltiples puntos de vista y no dejaba nada al azar. Si una pieza del puzzle no encajaba, no hacía como el común de los historiadores, que actúan como si no la vieran, sino que desmontaba todo lo que había construido y volvía a comenzar la obra y el estudio de nuevo, aunque esto le supusiera un enfrentamiento abierto con todo lo que hay establecido y todo el mundo que lo defiende.

No era tan sólo un hombre desconfiado o meticuloso. Era un erudito eminente. Manejaba tanta información y sus análisis eran tan profundos que llegaba a rincones donde los simples documentalistas o los meros reproductores del discurso dominante no habían llegado nunca. Y acompañaba su escrupulosidad historicista con un discurso narrativo desbordante y directo. Incisivo. Que reflejaba sus dudas y sus argumentaciones sutiles con un lenguaje lleno de fuerza y convicción. Y eso le daba ese aire de visionario para los que sólo habían consultado cuatro papeles y -aún- se los habían creído a ciegas. Quedé como prisionero de aquella mente irradiadora de luz, de ideas nuevas, de conexiones brillantes, fruto del estudio exhaustivo y de una autoexigencia intelectual como nunca me había encontrado hasta entonces.

Leía el libro y lo releía, sin desfallecimiento. En la tercera relectura, mi compañera de entonces me pidió toda extrañada como era que, si ya lo había leído, lo volvía a hacer. Yo le respondí que no me quería perder ninguna de sus elucubraciones. Y que, cuanto más lo leyera, más incorporaría dentro de mi mente sus movimientos. Era una simple cuestión de abducción intelectual. Si yo absorbía y hacía mios los razonamientos de Ulloa, tenía la firme convicción de que mi personalidad se ensancharía y podría ver con más nitidez todo lo que había en el entorno del misterio intencionado de Colón, porque ya lo observaría con los ojos de aquel investigador.

Cuando, al cabo de dos años, volví a casa, terminé de darme cuenta de lo que creía. En Cataluña compré dos libros más de la Ulloa: el Colom Català [Colón Catalán] y las Noves proves sobre la catalanitat de Colom [Nuevas pruebas sobre la catalanidad de Colón], que, en una edición facsímil, había reeditado Òmnium Cultural. Eran buenos libros, pero tendían ya hacia el resumen. Quedaban cortos al lado del otro, que era una joya de información, con un desbordamiento de datos inagotables. Entonces, pedí a mi amigo David Stark, que vivía en Bloomington, que me fotocopiase el libro y como un gran favor, me lo enviara. A partir de aquí, pues, los libros de Ulloa han estado detrás de todo lo que he escrito, como una gran mano guiadora, llena de sentido.

Después supe que, para poder seguir más de cerca las investigaciones de los archivos catalanes y estar en contacto directo con nuestros historiadores y archiveros, Ulloa se había trasladado a Cataluña e instalado en Barcelona. Aquí dio a conocer, en el año 1927, desde el Ateneo, sus teorías y las de la mayoría de colombistas que he conocido (Josep Porter, Josep M. Castellnou, Català i Roca, Caius Parellada), son sondeadas y estructuradas a partir de sus libros y de su imborrable maestría. Pero también influyó en historiadores de profesión como Ricard Carreras Valls y Ferran Soldevila. Este último, después de leer las Noves proves de la catalanitat de Colom, escribió dos reseñas larguísimas en la Revista de Catalunya del año 28, en las que asumía las posiciones de Ulloa y consignaba públicamente que había un Colón catalán y un Colombo italiano y que el Descubridor de América no tenía nada que ver con Génova. Lamentablemente, después de la guerra tuvo que pulir un poco, por las nuevas exigencias del guión militar, aquellas constataciones. Pero, aún así, consiguió introducir, con profusión de detalles, las teorías del historiador peruano en la Historia de España y en la Història de Catalunya, que editó bajo la dictadura, como si la censura no hubiera existido nunca.

Ulloa dejó claro que Colón era catalán, que se tenía que llamar Joan [Juan] y su padre Jaume [Jaime]. Que pertenecía a una familia de mercaderes y navegantes barceloneses. Que había pertenecido al bando de la Generalitat en el momento de la Guerra Civil y había sido un caudillo revolucionario reconocido. Que fue militar, capitán y vice-almirante a las órdenes del rey Renato de Anjou. Que tenía escudo de armas con emblemas netamente catalanes, que hablaba en catalán y que había escrito la famosa Carta a l'Escrivà de Ració, Rafael Sanxis, también en catalán. Que el título de virrey que solicitó a los reyes era un cargo inexistente en Castilla y que su demanda patentaba su conocimiento de las instituciones políticas catalanas y evidenciaba a la vez su catalanidad.

En fin, Ulloa, con sus libros, con su ejemplo de probidad extrema, ha sido un maestro de maestros. Un historiador que se adelantó a los tiempos, pues utilizó diversas disciplinas del conocimiento, con una gran soltura, para llegar al fondo del enigma y no se quedó atascado con el fetichismo documental y la credulidad infantil de la mayoría de profesionales del ramo ante los textos. O, lo que es ahora está muy de moda (y que todos hemos podido seguir en las revistas españolas que durante este año se han añadido a la conmemoración del 5º Centenario de la muerte de Colón), en una visión descriptivista del enigma, apuntando todas las teorías, sin dejar ninguna, como si la función del historiador fuera perpetuar y recrear necia y estultamente la desorientación general, construida a partir de la adulteración documental y el genocidio. No. Para Ulloa la historia era algo muy serio. La historia no era copiar lo que todo el mundo decía o lo que los libros oficiales apuntaban. Ulloa no copiaba, ni justificaba la historia. La diseccionaba, la contrastaba, la pensaba, la pasaba por el tamiz de su razón, y, finalmente, la restauraba. No con adulación sumisa o sobona, sino con la dignidad de un hombre libre (por cuanto no era -hay que decirlo- ni catalán, ni español) que sólo se guía por la estrella invencible del amor a la verdad. Más allá de jaulas. Más allá de estados. Más allá de sillones. Más allá de nóminas. Pero también más allá del tiempo y del espacio.

Y es eso lo que lo hace perdurable. Ha dejado una obra sólida de argumentos, de pruebas, de indicios, de referencias, de vías de investigación. Escrita contra la caducidad de los tiempos y de los hombres. Contra sus miedos y sus servidumbres. Y eso es lo que hace que lo admire y lo que me motiva, públicamente, a darle las gracias por haber extendido el brazo en la niebla, en la desorientación absoluta y, con el índice firme, habernos indicado el camino. El camino de la historia. De una historia oculta. Como un Nuevo Mundo infinito, sumergido, y aún no imaginado.

Ya sé que es una observación muy personal y, quizá, incluso, arriesgada, pero para mí Ulloa, más que ningún psicólogo, místico, terapeuta, político o antropólogo, ha sido el que ha señalado el camino de la conciencia. De mi conciencia, de nuestra conciencia. Que, en definitiva, es como decir -porque para los humanos sin conciencia no hay vida- que Ulloa ha marcado el camino de la Libertad.

Jordi Bilbeny.
21 de Junio del 2006.

Enlace a la primera versión del artículo traducido al castellano:

http://www.inh.cat/Articles/preview/luis-ulloa-o-el-historiador-total


Enlaces relacionados:

Por una sana memoria histórica. Dolors Marin Tuyà.

Derecho a nuestra historia. Sebastià Sardiné Torrentallé.

Agnotología. Dolors Marin Tuyà.

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