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No-violencia, ¿una salida para Cataluña?

El Temps. Logotipo.El Temps. Lunes, 25 de Febrero de 2019.

Acá y allá.

No-violencia, ¿una salida para Cataluña?

En el cruce estratégico en el cual parece haber quedado el independentismo desde el referéndum del 1 de octubre de 2017, voces del movimiento pacifista hacen un llamamiento a profundizar en la lucha no-violenta. Analizamos los legados y entornos de esta táctica, así como la posibilidad de aplicarla en el caso catalán.

Por Xavier Puig i Sedano.

Publicado el 25 de Febrero de 2019. N.º 1811.

Multitud levantando las manos en una manifestación. Foto: Jordi Play.
Multitud levantando las manos en una manifestación. Foto: Jordi Play.

El lirismo está en cuestión entre el independentismo. La estrategia pacifista y cívica, de tiitas y sonrisas, de protestas en la calle con el lirio en la mano y la independencia de la ley a la ley entró en fase de agotamiento el mismo día 1 de Octubre de 2017. Desde entonces, a menudo parece que el movimiento no sabe a qué pared tocar. Ha pasado a las instituciones, sí, pero también al movimiento popular organizado.

Hasta ahora, la denuncia y el diálogo, las principales vías de presión por las cuales ha transcurrido la estrategia soberanista para romper con el Estado español, no han dado fruto. La situación sigue enrocada. Y esto es debido al hecho que, en los últimos tiempos, el debate sobre la necesidad de cambiar los medios de confrontación ha empezado a ganar terreno. Más allá de si hay que ganar o no más adeptos, otra de las cuestiones que se ponen sobre la mesa es la necesidad de una contundencia más grande.

Aun así, si casi por unanimidad se descarta la vía de la violencia, ¿qué márgenes quedan para recorrer? Otra vez, el 1 de Octubre pone sobre la mesa una de las posibles salidas. Así lo denotan varios activistas por la paz y lo insinúa la misma Asamblea Nacional Catalana en su última hoja de ruta, la del curso 2018-2019: «Potenciar la cultura de la resistencia pacífica y de la desobediencia civil».

En una línea similar, el pasado mas de junio, el consejero en el exilio Toni Comín señalaba en una entrevista a EL TEMPS que el independentismo «tiene que crecer en intensidad. Por más que seamos un 60%, si no somos capaces de crear las condiciones materiales y psicológicas para hacer movilizaciones igualmente pacíficas pero más intensas, tampoco lo conseguiremos».

Las dos frases, pues, remiten claramente a una tradición política arraigada en Cataluña, como mínimo desde los años del tardofranquismo: la no-violencia. Con Mahatma Ghandi –por medio sobre todo de su discípulo Lanza del Vasto–, Rosa Parks o Martin Luther King como ejemplos internacionales y figuras como por ejemplo Lluís Maria Xirinacs o el movimiento de insumisión contra el servicio militar –ahora que hace 30 años de su inicio– como referentes del país.

Conceptos en disputa.

Pero todo y el bagaje, el término no-violencia y la estrategia de lucha que plantea a menudo ha sido equiparado al pacifismo del lirio en la mano, asimilación que los activistas no-violentos rechazan de pleno. Por otro lado, algunos se han apresurado a considerar violentas algunas acciones clásicas del repertorio no-violento. En palabras del mismo Xirinacs, recogidas por Lluís Busquets en el libro Xirinacs, el profetisme radical i no violent (Xirinacs, el profetismo radical y no violento) (sic), «la no-violencia no puede ser una cobertura del sistema violento dominador ni una mordaza del pueblo contra la violencia del poder».

Así pues, ¿qué es la no-violencia? Técnicamente, el Diccionario del IEC la define como una «actitud que, sin renunciar al uso de la fuerza, rehusa de emplear la violencia y de devolver mal por mal». Montserrat Cervera, miembro de la red Mujeres de negro contra las guerras, expone que, a su entender, se trata del convencimiento del hecho que «la vida humana y del planeta tendría que ser el centro de todas las políticas y su preservación pasa fundamentalmente por no hacer daño, por no destruirla y, por lo tanto, organizar este mundo que queremos y necesitamos justo, libre y solidario a través del diálogo y la cooperación».

Todavía una tercera definición, la que hace Fèlix Saltor, activista de Artesans per la Pau (Artesanos por la Paz) (colectivo que, desde hace 37 años, cada jueves hace media hora de silencio por la paz en la plaza de Sant Jaume de Barcelona). Para él, se trata «de una forma de actuar que deriva de una forma de ser. No es una táctica, es más profundo. Deriva del interior de la persona y se manifiesta hacia el exterior. Si la violencia es romper la armonía que habría de haber en la naturaleza, la no-violencia es intentar restaurarla». Sin duda, se trata de una visión mucho más espiritual que liga con la que expresa el teólogo Raimon Pannikar en el prólogo del libro Filosofia i pràctica de la no violència (Filosofía y práctica de la no violencia) (sic) de Xirinacs, donde dice que «la paz es más que una ausencia de conflicto. Si no hay paz adentro nuestro, no puede haber paz a nuestro alrededor. La carencia de paz interior origina competiciones que desembocan en derrotas que desencadenan venganzas de todo tipo».

Cómo queda patente, el abanico de lecturas es amplio. Sin embargo, el activista por la paz y exdiputada de la CUP Gabriela Serra establece dos categorías genéricas para comprender la no-violencia. Una primera más holística, al estilo ghandiano, consistente «en no admitir ningún tipo de violencia y practicar la no-violencia en tu vida cotidiana». La segunda, más pragmática, bebe de los planteamientos del filósofo Gene Sharp y, en palabras de Serra, consiste en el hecho que «en un mundo de violencia, donde cualquier disidencia puede ser castigada, optamos por hacer un tipo de acción no-violenta porque nos permite no responder con la misma herramienta que responde el poder, nos permite aglutinar más gente y mantener una actitud más ética».

En esta segunda perspectiva, y tal como explica Pepe Beúnza en la entrevista que podemos leer a continuación, hay diferentes categorías de acción no-violenta que, gradualmente, van del diálogo y la denuncia a la no-cooperación y la desobediencia civil, acabando en el intento de vivir en coherencia con aquello que se reivindica, aunque no esté recogido en la ley.

Acciones que pueden ir de manifestaciones y ratos de silencio a boicots, sabotajes, rechazo a pagar ciertos impuestos o negativas a participar del servicio militar. Una manera de hacer que, además, según Montserrat Cervera, está estrechamente ligada a la del feminismo: «Las mujeres siempre la hemos practicado contra las leyes injustas, en el sufragismo, por el aborto y la sexualidad libre y sobre todo en nuestra crítica radical contra la violencia perpetrada contra las mujeres para mantener la sumisión. El hecho de poner el cuerpo, la experiencia de cuidado de la vida, nos lleva a la necesidad de explorar acciones no-violentas que nos permitan construir comunidad».

Justo empieza.

En el juicio que se está viviendo estos días en el Tribunal Supremo, Raül Romeva expuso la consigna «ante la represión, no-violencia», y explicó que este era su «mandato». Mientras esto sucedía, el periodista Marc Font exponía en un tweet la contradicción que para él suponía que un activista de dilatada trayectoria en entidades de promoción de la cultura de la paz estuviera declarando acusado por rebelión y que entre los acusadores hubiera un exmilitar como el secretario general de Vox, Javier Ortega Smith. Esta trayectoria de Romeva queda patente también en el libro Esperança y llibertat (Esperanza y libertad, Ara llibres, 2019), escrito desde la prisión, donde cita la obra de Gene Sharp. Allá explica también que «la apuesta que algunos hacemos por la no-violencia no responde sólo a una cuestión de principios, sino también a razones pragmáticas», y detalla que, según un estudio de Erica Chenoweth y Maria J. Stephan, el 26% de los conflictos en que se toman las armas resultan victoriosos, en contra del 53% que resultan victoriosos cuando se practican los principios de la no-violencia.

La apuesta por esta vía es la que relatan también algunos de los activistas. «Esta acción directa de enfrentamiento con el Estado para reclamar unos derechos nacionales está clarísimo que se está mostrando desde una estrategia no-violenta», expone Jordi Muñoz, portavoz de Desmilitaricemos la educación y uno de los objetores de conciencia más veteranos. El portavoz de la organización pacifista Novact, Martí Olivella, ofrece algunos matices a esta visión. Así, expone que, a excepción del 1 de Octubre, el independentismo había transitado no tanto por la no-violencia como sí que lo había hecho por la vía pacífica. «Después del 1-O, alguien decidió que no quería asumir la responsabilidad [de los actos violentos que pudiera hacer el adversario]. La no-violencia va más allá de la lucha pacífica y tiene como conclusión asumir las consecuencias de tu lucha no-violenta», relata el activista.

Una de las cosas que se ha evidenciado el último año y pico es que, una vez pasado el referéndum, los órganos de dirección política y social del independentismo no tenían preparado el camino para implementar un posible resultado favorable a sus intereses. «La lucha no-violenta estaba fuera de la estrategia pacifista. Como que no se había organizado nada para defender la República con lucha no-violenta, hay una parada del proceso», verbaliza Olivella.

A su vez, la activista Gabriela Serra, que vivió bien de cerca y de dentro del proceso político, manifiesta que lo que pasó el 1 de Octubre y lo que se ha ido sucediendo con las huelgas y movilizaciones de los meses siguientes es sólo un principio. Expone, pues, que habrá que «agrandar las acciones no-violentas». Como ejemplo expone el hecho que «una manifestación de un millón de personas es una acción pacífica que va muy bien, pero imaginemos este millón ocupando centros neurálgicos de Cataluña o paralizando el Principado». Concluye, pues, que hay todavía «mucha desobediencia por hacer. Hasta que hagamos colapsar la capacidad de fácil respuesta del Estado».

En esta misión, Olivella aporta una manera de actuar que para él es la clave de todo: «La reivindicación tiene que ir concretando acciones que sean un callejón sin salida para el otro». Como ejemplo pone la Marcha de la Sal que promovió Ghandi entre marzo y abril de 1930, animando la población a producir sal y romper con el monopolio que hasta el momento tenían sus colonos. Entonces, explica el activista, «si el Gobierno británico la reprimía, salía perdiendo, pero, si no lo hacía, también».

Según Olivella, el 1 de Octubre, a pesar de que la respuesta de la gente fue espontánea, tenía un carácter estratégico similar a la acción ghandiana que hay que replicar en más ocasiones. Sin embargo, reconoce que este cambio estratégico no es «fácil de hacer. No es decir sólo palabras, se trata de asumir unas actitudes que tienen un grado de riesgo elevado».

Llegados a este punto, Fèlix Saltor piensa que en Octubre de 2017 «la gente, probablemente, no estaba preparada». Una cuestión que en la actualidad, a pesar de que ve mejora, todavía tiene que ser trabajada. «Así como los militares se preparan durante años para hacer la guerra, interesaría que el máximo número de gente posible estuviera formada en la no-violencia para saber reaccionar, incluso, ante la fuerza militar», detalla el miembro de Artesans per la Pau (Artesanos por la Paz). Valora positivamente, a la vez, que se estén haciendo pequeños pasos, como por ejemplo a partir de la tarea de la entidad En Peu de Pau (En Pie de Paz).

Sobre la mesa queda, pues, una propuesta de larga tradición en casa nuestra que conjuga ética y estrategia, rechazo a la violencia y acción contundente. Quién sabe si puede acontecer un punto de encuentro entre los diferentes sectores independentistas. Falta saber si querrán encontrarse.

Enlace del artículo original en catalán:

https://www.eltemps.cat/article/6449/no-violencia-una-sortida-per-a-catalunya


Enlaces relacionados:

38 ideas fuerza para avanzar en una estrategia civil noviolenta que haga frente a usurpaciones de las instituciones o golpes de estado y a agresiones exteriores o ocupaciones territoriales. Gene Sharp.

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