Portada.
1. Joan Bardina Castarà (Sant Boi, 1877, Valparaíso, 1950). Joan Bardina, un revolucionario de la pedagogía catalana. Índice. Joan Bardina, un revolucionario de la pedagogía catalana. 3. Bardina y la renovación pedagógica en Cataluña. Joan Bardina, un revolucionari de la pedagogia catalana.
2. La pedagogía política de Bardina.
Claudio Lozano.
«La enseñanza pública, en sus diferentes ramos y grados, deberá organizarse de manera adecuada a las necesidades y carácter de la civilización de Cataluña».
De la Cataluña de comienzos de siglo viene hablándose como de la adelantada española en materia educativa. Las decenas de experiencias pedagógicas vividas entonces, las emotivas dedicaciones personales de centenares de maestros públicos y privados a tal causa, la impronta que en el país han dejado ejecutorias como las de Prat de la Riba, desde su empleo de político, Domenech i Muntaner, o las de Pijoán, Ors, Rubió, Puig i Cadafalch..., confirmaron la tradición educadora catalana e hicieron posible, primero con la experiencia de la Mancomunidad y más tarde con la menguada autonomía del Estatuto de 1932, un aprovechamiento casi integral de los reducidos medios con que se contó.

El movimiento de la «Renovació Pedagògica» iniciado de forma pública con el Congreso de Pedagogía de 1888, con motivo de la Exposición Universal de Barcelona, va a catalanizarse definitivamente, primero, con el acuerdo de las Bases de Manresa, en las cuales se afirmaba que «La enseñanza pública, en sus diferentes especialidades y grados, habrá de ser organizada de manera adecuada a las necesidades y el carácter de la civilización de Cataluña...», y, más tarde, en 1907-1923, período que comprende desde la ascensión de Prat de la Riba a la presidencia de la Diputación de Barcelona, hasta la instauración de la primera dictadura, con el poder ejecutivo en manos de Primo de Rivera. Los quince años que van de 1892 a 1907 fueron de una ebullición extraordinaria en el intento de resolver el problema de la escuela y la cultura nacionales. El regeneracionismo tuvo en Cataluña ese matiz distintivo: bajo la común aspiración de renovar espiritualmente al hombre catalán mediante la extensión y propaganda de la cultura, se alcanzaron logros importantes: se orientó al Magisterio a ser la fuerza renovadora; se cubrieron amplias campañas, singularmente desde el periódico de la «Lliga», La Veu de Catalunya, y se crearon instituciones donde, con carácter reducido y experimental, a la espera de la oportunidad política y fraguándola al mismo tiempo, se creó el concepto y la práctica de una pedagogía nacional catalana. Alma de esa realización fue un hombre perfectamente desconocido en España, Cataluña incluida: Joan Bardina, samboyano, intelectual orgánico de Prat de la Riba durante varios años, maestro, licenciado en Letras, polémico propagandista en los periódicos y en las tribunas, autor de decenas de libros y folletos y centenares de artículos, fundador de varias de las mejores revistas pedagógicas de su tiempo, autor de textos escolares catalanes, creador, en fin, de uno de los intentos más acabados de renovar la escuela española de abajo a arriba: la «Escola de Mestres», que funcionó en Barcelona desde 1906 a 1910 formando hornadas da maestros que aún hoy, como más tarde ocurrirá con los del Plan Profesional de 1931, portan esa diferencia, ese sello distintivo, de la exigencia y eficacias intelectuales.

Prat de la Riba supo rodearse de hombres idóneos para su política, minoritaria como era ante lerrouxistas y otras fuerzas catalanistas. Les impulsó a hacer cosas, a presentarlas públicamente, a lograr apoyo a esa gestión. Fueron su escaparate y los peldaños de su ascensión política: «...Cuando un grupo de capitalistas catalanes financia instituciones culturales, fundaciones y envía becarios al extranjero, lo que se propone es crear sus propios cuadros intelectuales, sus intelectuales orgánicos. Sabido es que la función de éstos es asegurar la hegemonía de la clase dominante a través de la organización del consentimiento. Una tarea crucial, al respecto, es conseguir el apoyo político e ideológico de las capas medias, o, por lo menos, neutralizarlas, en su conflicto fundamental con las clases trabajadoras...», ha escrito Solé-Tura1, y es verdad, fundamentalmente. El papel de esos intelectuales reseñados fue presentar como de toda Cataluña aquellos Estudis Universitaris Catalans, Institut d'Estudis Catalans, Junta de Museos, la Biblioteca de Catalunya..., hablar de cultura y educación a un país atravesado políticamente por una grave crisis de convivencia de las clases y poner el acento, como punto álgido de un programa político, en esa educación. La revolución desde enmedio a través de las ventajas del proteccionismo, pactando hasta lo decoroso con el Estado, y pulsando la tecla visceral del catalanismo de las capas medias mediante campañas escolares sostenidas en medio del ambiente de una Barcelona estadísticamente analfabeta2. Como diría el mismo Bardina: «...Los detractores de todo lo catalán (...) constatan la gran masa de analfabetos de Barcelona»!. Como si no fuesen inmigrantes no catalanes casi todos ellos3!. Pero es innegable su esfuerzo, su labor tenaz y solitaria: la personal aventura de un Pijoán, de un Bardina, enfrentándose a quienes luego engullirían como suyos los desvelos y los éxitos de aquéllos4, muestra la línea de demarcación, los períodos y planos de actuación, las luces y las sombras de todo intento de reducción del papel de Prat de la Riba y sus hombres de confianza, así como de todo empeño de mitificación. En educación ahí están, junto a la tradición pedagógica obrerista, los logros de esos años hacia las capas medias catalanas: Bardina y luego Homs, Palau Vera, Ainaud y Galí, fueron los instruinentos de Prat de la Riba. Sobre todo, y primero, Bardina. Por eso nos ocupamos de él.

Carlista nostálgico5, con ese aire de tradición rural catalana que significaba el carlismo derrotado en la última guerra civil, carlismo aprendido en la casa rectoral, del cura de su pueblo, Joan Bardina fue de siempre un prolífico y polémico publicista: primero en Lo Mestre Tites, enfant terrible, uno de ellos, de la prensa barcelonesa de sus días; luego, el El Correo Catalán, con vuelta a La Barretina. Fue entonces, después de la intentona carlista de Badalona, en 1902, cuando Bardina, que a sus diez años de Seminario va a unir la Licenciatura y, por lo que pudiera venir, el título oficial de maestro, se engancha en el carro de los hombres de la «Lliga». Debuta en La Veu en octubre de 1902 y desde siempre con un designio: la enseñanza primaria que necesita Cataluña. Había que hacer un país rico, le diría Prat a Pijoán. y había que asegurar y, primero, sustentar esa riqueza. La escuela, como en Joaquín Costa, llave de la despensa. Pero desde el punto de vista catalán, es decir: «si un poble és un poble, és a dir, conjunt caracterisat y personificat; si té son clima y son terrer y son temperament y son cervell especial y sos vicis y ses qualitats, l'Educació té de tenir una faisó absolutament nacionalista6». La autonomía y el uso de la propia lengua son factores importantes pero no los fundamentales para cristalizar una educación catalana. Bardina esboza una especie de voluntarismo pedagógico7, donde la convicción, el ejemplo, una buena dieta alimenticia, un ideal de misión, la gimnasia sueca, un conocimiento de las tradiciones educativas ejemplares: la de los Estados Unidos, por ejemplo, un dominio y puesta al día de la renovación metodológica de la Escuela Nueva, etc., se aúnan y sirven para concienciar al maestro, base de la reforma.

Pero Bardina no se contenta con el primer escalón: él tiene una visión global de lo que ha de ser el sistema educativo nacional: le preocupa el administrativismo, como soporte o escotilla de fuga, para la remo delación de la escuela y el aparato escolar8. Además de sus artículos, viaja, pronuncia conferencias, intenta agrupar a los maestros públicos, iniciadores del movimiento de renovación pedagógica -como ha mostrado Josep Pallach en su Memoria Doctoral9-, reticentes a las iniciativas privadas del catalanismo, junto a los maestros privados, aprovechando el desdichado decreto del conde de Romanones, en 1902, prohibiendo enseñar en catalán la doctrina cristiana. Participa en el Congreso Universitario Catalán de 1903, comentando una enmienda sobre «Organización de la Universidad Catalana», mencionando algunas de las bases sobre las que llegará, atenuada, la autonomía de 193310; afirma que «la lengua catalana es la única apta para la educación integral de los catalanes, pequeños y mayores», en una comunicación al Primer Congreso Internacional de la Lengua Catalana, en octubre de 190611, fecha de fundación de una institución única en la historia de la educación catalana, la «Escola de Mestres»:

Prat de la Riba, electo diputado en 1905, regresó a la tierra, después de un período de reposo en los Alpes, con nuevos bríos: en sus contactos con Bardina habían pergeñado un colosal proyecto de escolarización masiva de Cataluña: crear un Patronato que erigiese y rigiese 4.000 escuelas, con un presupuesto anual de más de siete millones de pesetas12. El proyecto se orilló a la vista de la coyuntura en las elecciones municipales y provinciales: Prat, haciendo una vez más de la política el arte de lo posible, lo archivó para tiempos mejores. A Bardina le fue llegada la ocasión: aunque coautor del proyecto, siempre temió que naciera desenraizado de lo que era y precisaba Cataluña; su espíritu prefería la prédica sostenida, la restauración y reforma de lo existente, con influencias visibles en el movimiento pedagógico nacional, del que conocía la pujanza. Así que ensayó un intento de laboratorio educativo para Cataluña: una institución donde se formasen maestros catalanistas de pies a cabeza, pero rigurosamente y con la pedagogía por delante. Centro privado, los alumnos seleccionados psicotécnicamente de entre la población escolar, cursaban como libres los estudios correspondientes a Magisterio y, además, recibían un entrenamiento especial de acuerdo al fin a que se les destinaba. Con el título oficial bajo el brazo eran maestros, pero maestros harto diferentes: era esa obra, lentísima, de abajo a arriba, pensada escrupulosamente, la que se impuso Bardina heroicamente: los alumnos eran becados por instituciones y socios protectores, entre los que contó el cardenal Casañas. Los profesores lo hacían gratis. Bardina y su mujer, casual y desgraciadamente emparentados sólo durante la experiencia de la «Escola de Mestres», oficiaban de esposos Curie a la catalana, en medio de aquel aparato destinado a mejorar la raza del país, como decía enfáticamente el nuevo apóstol. A la «Escola» no le faltaba de nada, excepto medios económicos. Profesores lo fueron, entre otros, Carner, Pijoan, Rahola, Jové, Galí, Bulbena, Kirchner, Bellido..., de cursos tan sigulares como «Gimnasia Sueca», «Pedagogía Nacional Catalana», «Higiene», «Estética», «Industria», «Cortesía y Trato Social», «Cocina», «Tornería», «Marquetería», «Trabajos Agrícolas»..., de acuerdo con un designio que Bardina se encargó de ir difundiendo desde la Cátedra de Pedagogía Nacional de los Estudis Universitaris Catalans: «...Una buena educación (...) habrá de fundamentarse sobre el nacionalismo, recibir un impulso nacionalista, respirar un ambiente nacional... El cosmopolitismo es la materia; el nacionalismo, la forma; el individualismo, el aspecto externo de todo sistema educativo. En España falta de todo (...); aquí, a los sucios locales, a los embrutecidos maestros, a los vergonzosos sueldos, al material inservible, se une la esterilidad del cosmopolitismo, la informe pedagogía rutinaria, o, al menos, la desvaída implantación, no asimilada ni comprendida, de las experiencias foráneas... Estudiar, como base, la teoría de las nacionalidades y el carácter de la nuestra; deducir, en consecuencia, los mejores procedimientos de educación física, moral, de desarrollo de la voluntad, de metodología didáctica, para las escuelas de Cataluña. Afianzar las virtudes colectivas catalanas; desviar los vicios nacionales y convertirlos en pasiones activas y eficaces, que nos impulsen al bien en todos los sentidos... Todo esto es, naturalmente, trabajo incipiente: la psicología nacional no ha encontrado aún su camino; los estudios positivistas fisiológicos y anímicos están sólo en su primera fase entre nosotros...13».

La «Escola de Mestres» fue un modelo de pedagogía activa, correctamente entendida. El clima de libertad, de creatividad, de exigencia intelectual mutua entre profesores y alumnos, el aliento poético, el elan educador de Bardina, convirtió lo que en otras manos hubiera sido un gymnasium a la prusiana en una institución cuya huella perdura indeleble en quienes pasaron por sus aulas.

La política lo arrolló todo. Sujeta como estaba a la beneficencia ajena, la «Escola» no pudo sobrevivir. Ni siquiera ayudas que, como la de Prat de la Riba, o, mejor, la de la Diputación de Barcelona, parecían obligadas, se cumplieron. Hubo una especie de estigmatización política hacia Bardina, él personalmente tan poco sospechoso14: 1908 se recuerda todavía en Barcelona como el año del presupuesto extraordinario de Cultura del Ayuntamiento: la capital figuraba entre las diez últimas de España en cuanto a población alfabetizada. Decidido a poner fin a tal estado y a integrar a la masa inmigratoria que sesgaba las estadísticas, el Consistorio decidió construir, como primer paso, cuatro grandes grupos escolares, germen de un Patronato Escolar. Las excusas ideológicas de la laicidad y la coeducación contenidas en el proyecto, fueron los arietes al intento y Bardina, como inspirador, entre otros, del proyecto, se convirtió en un «outsider». Prat de la Riba ya no contará con él; la cátedra de «Pedagogía Nacional» será suspendida...15. A partir de ahí, con el vuelco de la Semana Trágica, el relevo político se produce. y Bardina, como en este terreno otros, se verá convertido en un defenestrado «avant la lettre» (con referencia a Xènius). En 1910, poco después de la clausura forzosa de la «Escola de Mestres», se le muere su compañera, Josepa Soronellas i Sobré, a los treinta años. Un ciclo vital se ha cerrado para el hombre que, pensando en Cataluña, diseñó y realizó, a solas, un programa de adecentamiento del país: desde gacetillas en la prensa sobre los acontecimientos pedagógicos más relevantes que tenían por sede Barcelona, la celebración y formación en ateneos y centros culturales de secciones de educación y enseñanza, hasta la fundación y dirección de una excelente biblioteca de textos escolares, pasando por la creación de revistas como Revista Catalana d'Educació, Revista de Educación, que, más tarde con Quaderns d'Estudi y Revista de Pedagogía, y antes y después con el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, han sido las publicaciones de tema educativo con más categoría de la España contemporánea.

La galería de tópicos que distingue entre «arrauxats» y «assenyats», que cita con frecuencia aquella de «català aventurer», que menciona que la condición natural del catalán es el exilio, etc..., tiene en Bardina una buena presa. Un hombre que se fue de su tierra comido de deudas por habérsele ocurrido crear una escuela para formar maestros; un hombre al que su mentor político tendió puente de plata para quitárselo de encima. Un hombre que en el exilio forzoso escribe a un querido discípulo: «He de hacer lo imposible para que se olviden hasta de mi nombre». Un personaje casi desaparecido de la Historia de Cataluña: el 27 de mayo de 1977 se cumplieron, en el mayor de los olvidos, 100 años de su nacimiento en Sant Boi de Llobregat.

Bardina fue, sin duda, un personaje extraordinario. Por su temperamento, su extraordinaria curiosidad intelectual, su acervo cultural, repleto de matices, su dilettantismo, su singular trayectoria política, puede ser considerado el prototipo de Clerc, de Clerc traicionado, la cabeza dirigente de tantas empresas culturales catalanas. Su singularidad radica en su compromiso, tan distinto al de sus coetáneos y correligionarios ocasionales: fue carlino hasta la médula, pedagogo hasta dejar la política para bajar -¿o subir?- a la escuela y dejar en ella años y labores extraordinarias. y radical en su apartamiento de Cataluña. No fue un político, un educador, un agitador, un propagandista, un animador cultural... sino todo ello en una sola pieza y con 30 años de adelanto a su tiempo. Un inventor, tal vez, como lo ha llamado Galí, pero, sobre todo, un alto ejemplo personal de víctima de las contradicciones, las falacias y las injusticias de una política nacional burguesa de estrechas posibilidades.

Hay un capítulo, tal vez el más fecundo de su vida, que se nos escapa hoy al trazar la biografía de Bardina: su estancia en Latinoamérica, hasta la muerte. E ahí donde el investigador descubrirá la radical naturaleza política, pública, de la obra del samboyano, y siempre orientada a la educación. Ahí está La Semana Internacional para quien quiera reparar una injusticia: el olvido de su nombre y la ignorancia de su obra, aquí, en su tierra.


Nota:

1«Notas sobre el nacionalismo catalán de la postguerra». En Las Ideologías en la España de Hoy, Seminarios y Ediciones, «Hora H», Madrid, 1972, pág. 208. Ocioso es seña- lar el origen gramsciano de tal distingo: vid. Los Intelectuales y la organización de la cultura, Nueva Visión, Buenos Aires, 1969.
2Barcelona presentó siempre ese sesgo estadístico: vid. Anuario Estadístico de la ciudad de Barcelona, año I, 1902, pp. 125 ss. y 273 ss.

En 1910, un 41,69 % de la población provincial barcelonesa no sabían leer ni escribir: Enciclopedia Espasa, sobre el Censo de 1910, p. 1.078.

Aún en 1932 esta situación perduraba, acrecentada: de una población. escolar de 185.150 niños, sólo estaban matriculados en Primera Enseñanza 56.423, lo que representaba una tasa escolar del 30,4 %, superior, con todo, a la tasa provincial, que era del 25,6.
3El valor de la educación, Barcelona, 1908, p. 9.
4Existe una literatura abundante sobre la «murreria» de Prat de la Riba, ese no desmentir éxitos ajenos atribuidos a él. Cf., por ejemplo, E. Jardí: Tres diguem-ne desarrelats. Pijoan. Ors. Gaziel. Selecta, 386, Barcelona, 1966, p. 135.
5En 1900 Bardina era un publicista reconocido del carlismo: folletos como Catalunya Autónoma, Orígenes históricos del carlismo, Programa carlista comparat, Aparisi y Guijarro, etc., eran muy conocidos y habían aparecido varias ediciones. El carlismo de Bardina, que pretendía entroncar con el reaccionarismo de Inguanzo y el Filósofo Rancio, podía condensarse en: independencia de Catalunya, dentro de la unidad federal ibérica; Cortes catalanas; Tribunal Supremo para Catalunya; Ministerios catalanes; Lengua propia, con reconocimiento político; concierto económico con el Estado Central. Todo ello, basado en el programa de Carlos VII, yendo mucho más allá, según Bardina, que las Bases de Manresa, promulgadas 22 años después que el programa de aquél. El pensamiento de Bardina era entonces una curiosa mezcla de heterogéneos elementos, progresistas y tradicionales políticamente, oscilando entre el radicalismo político y el cavernicolismo religioso. Un buen ejemplo de ello lo constituye su esbozo de biografía de don Antonio Aparisi y Guijarro, del que ya en 1873 había publicado D. León Galindo una expresiva miscelánea.
6El valor de la educació, cit., p. 10.
7Escola de Mestres. Memoria del curs 1907-1908. Any 2on. de son funcionament, per Joan Bardina, Director. Barcelona, 1908, pp. 26 ss.
8Joan Bardina, Informe sobre el projecte de Llei d'Administració Local. 1907. Fascicle dels Estudis Universitaris Catalans, maig-juny 1907.
9Josep Pallach i Carol, Los Maestros Públicos de Gerona y los orígenes de la renovación pedagógica en Cataluña (1901-1908). Universidad Autónoma de Barcelona. Tesis Doctoral publicada por CEAC, Barcelona.
10Bardina no participó en el Congreso en calidad de ponente sino en defensa de la enmienda de D. Lluís Domenech i Muntaner, respondiendo a la ponencia de D. Domingo Martí i Julià sobre la organización de la Universidad Catalana. El sentido de la enmienda era quitar rigidez y reglamentismo a la propuesta sobre la organización de la Universidad Catalana, introduciendo autonomía en la autonomía, siguiendo el modelo alemán, dividiendo a la Universidad en Estudis Generals y Escoles Techniques, sobre el pivote de la figura del privatdozen y alta selección cultural del alumnado. En realidad, no hubo apenas diálogo ya Bardina, que sentó cátedra de polemista y pedagogo, no se le tuvo en cuenta ni una sola de sus objeciones. Cfrs. Primer Congres Universitari Catalá. 1903. Barcelona, Estampa d'En Joseph Cunill, 1905, 240 pp., 97 a 104.
11Los estudios sobre nacionalismo han puesto reiteradamente de manifiesto el papel del uso de la propia lengua como llave casi maestra en la tarea de configurar un nuevo espacio político (Cfrs., por ejemplo, J. Solé-Tura: «Historiografía y Nacionalismo», en Once Ensayos sobre la Historia, Rioduero, Madrid, 1976, p. 95). En este sentido, en Cataluña, y desde el punto de vista educativo, que aquí nos interesa reseñar, ya el Congreso Nacional Pedagógico de 1888, en su quinta sesión había debatido el tema «En las provincias del Norte y del Este de España, donde no es nativa la lengua castellana, ¿qué procedimientos deben emplearse para enseñarla a los niños?». Las conclusiones no se hicieron esperar: «La ciencia Pedagógica reclama que a los niños se les instruya en la lengua que conocen» (por mayoría), y «El mejor procedimiento para enseñar a los niños la lengua castellana, donde ésta no es la nativa, consiste en la práctica y comparación de aquélla con la suya propia» (aprobada por mayoría).

Desde que Bori y Fontestá argumentase en ese Congreso que el catalán era una lengua nacional y que era ése el sentido de su uso y su obligatoriedad, todo el XIX fue un eco de sus palabras. Bardina, como pedagogo y, primero, como político carlista se manifestó siempre en ese sentido, aunque señalando que el uso de la propia lengua era condición necesaria pero no suficiente para la autonomía política y cultural: las páginas de Catalunya 1 els Carlins, El valor de la educació, de sus artículos y folletos, están llenas de ese matiz. Su paso siguiente fue la especialización científica y técnica: en el Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana, al que nos referimos, su comunicación versó sobre una «Guia pedagogica pera escriure les vocals atones duptoses ae y ou». En la Sección Social y Jurídica del Congreso, su ponencia sobre «La llengua catalana es l'única apta, tractan-se de catalans, pera l'educació integral deIs nois i deIs grans» y la de Prat de la Riba sobre «Importancia de la llengua dins del concepte de la nacionalitat», marcaron el tono y la dirección de los debates.
12Escola de Mestres. Memoria del curs 1906-1907. Barcelona, 1907, p. 5.
13La Càtedra de Pedagogia Nacional de los Estudis Universitaris Catalans inició sus tareas en la Escola de Mestres en octubre de 1907. Bardina fue uno de los iniciadores de la Psicologia del pueblo catalán, en la línea de Lazarus y Stenthal y, entre nosotros, pero a mucha distancia conceptual y científica, Costa y Altamira y un largo etcétera de epígonos, en los confines del siglo XIX. Sobre la base de la «pedagogía estimulante» de los Estados Unidos y la construcción de una Psicología Catalana, Bardina se propuso reformar la mentalidad de su gente, cuyo carácter estaría constituido así:

«memoria tarda, si be tenaç;
inteligencia oberta;
rahó pesada pera les altes especulacions,
peró ferma y intuitiva pera lo practich inmediat;
avaricia, molt antich;
kabilisme, no tant antich;
esperit emprenedor;
patriotisme».
14Vid. Octavio Saltor, «Aproximación barcelonesa a un cincuentenario de Xénius», en Miscellanea Barcinonensis, II, 1962, pp. 31 a 52, y J. Pijoan, La lluita per la cultura. Edicions 62, Barcelona, 1968, pp. 73 y ss., y compárese con la opinión de Bardina sobre Palau Vera y la de Ors y Galí sobre Bardina: eso explicará exclusiones como la contenida en el Almanach deIs Noucentistes, donde no aparece Bardina, que, evidentemente, no lo era, pero sí personajes como Pijoan, Eladi Homs, Palau Vera, etc., que, evidentemente, tampoco lo eran, etc.
15Para 1908-1909 ya no aparece anunciada la Cátedra de Pedagogía Nacional: «Circumstancies especials obligaren a sospendre per ara les llicons de Pedagogia Nacional, a fi d'estudiar ab alguna detenció con se pot lograr que's pugan fer més assequibles y populars, per lo qual es una gran dificultat la falta d'horas».
 
1. Joan Bardina Castarà (Sant Boi, 1877, Valparaíso, 1950). Joan Bardina, un revolucionario de la pedagogía catalana. Índice. Joan Bardina, un revolucionario de la pedagogía catalana. 3. Bardina y la renovación pedagógica en Cataluña. Joan Bardina, un revolucionari de la pedagogia catalana.

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