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Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

 
Capítulo 3. Características de un sistema monetario científico. Ensayo sobre moneda, mercado y sociedad. Índice. Ensayo sobre moneda, mercado y sociedad. Capítulo 5. La telemática. Ensayo sobre moneda, mercado y sociedad.
Diseño de Civismo.
Apuntes de investigación interdisciplinar


3.7. La sociedad ética-trascendente.

La sociedad ética-trascendente es el origen y el fin de la aventura humana. El dinero generado en la sociedad utilitaria y en la sociedad liberal ya no sirve para nada. La sociedad trascendente no se compra ni se vende, ni se alimenta del pan y del agua de la tierra.

Y sin embargo, esta energía trascendente, que es la fuerza original de la historia de toda la

humanidad y de cada uno de los hombres y mujeres, ha quedado enterrada con la aparición de unos motores desguazados: los imperialismos históricos. La trascendencia no se puede comprar, pero se le puede impedir su surgimiento en la vida concreta. A pesar de llevar cada uno de nosotros la vida trascendente en nosotros, muchísima gente pierde la conciencia y vive enajenada, identificada con el dinero, la fama, la salud, la vida física, el éxito, el poder, la imagen... con todo lo que no es «ella misma».

Una gran barrera ha sido levantada por los imperialismos (y con ellos, las religiones) históricos entre lo que «somos» y lo que cada día nos "pasa", tanto a nivel individual como nacional o colectivo. A lo largo de la historia han surgido "grandes almas" y aun movimientos espirituales impetuosos que han estado recordando nuestro origen, nuestro fin, nuestra esencia. Nos han marcado unos caminos y unos procedimientos para separarnos "de este mundo», el mundo de los imperialismos pero hay que reconocer que sólo los han podido seguir minorías especiales, gente de fina educación espiritual o gente sencilla, pero dura, en pequeñísimas cantidades, gente de «suerte», porque la gran masa popular ha sido descastada y explotada hasta hacer posible el mínimo de serenidad para escuchar la "voz" que clama de vez en cuando, de dentro y de fuera de uno mismo.

Hay que ver, también, que «huir del mundo» es una salida retrógrada, que deja intacto, sin resolver, el problema «de este mundo». Mucha gente ha llegado a la conclusión racionalista -de moda en los últimos siglos- que esta «voz» no existe, que la conciencia humana sólo es un producto de la situación económica, que no hay nada que trascienda la realidad práctica, concreta, fenomenológica. Ni hay noúmen, no hay trascendencia , no hay espíritu , no hay alma !.

Respetando los que así piensan, creemos que pueden ser víctimas de la opresión imperialista vigente desde hace unos cuatro mil años. Por lo menos habría que dejar la puerta abierta a que circulen de dentro a fuera y de unos a otros las fulguráncias inefables, caóticas , libertarias, indisciplinadas... creadoras de toda disciplina, convencionalidad y estructura existentes, realidad conjunta que llamamos sociedad ética-trascendente.

El conjunto de reglas de juego que estamos diseñando buscan, precisamente, no poner trabas ni obstáculos a la emergencia libertaria de la trascendencia libre y gratuita, si es que existe. Este es el « misterio » de nuestra hipótesis central: la trascendencia no sólo fundamenta todos los seres del universo sino que, sobre todo, explica el progreso. Las grandes explotaciones imperialistas basadas en esclavos (no pagados) son poco acumuladores de riqueza -o incluso deficitarias-, porque las contrapartidas de «fuerza represiva», de «revuelta improductiva», de «destrozos de guerra», de «huelga de trabajo lento», de «sabotaje», de «gastos para mantener la revolución ganada»... son desastrosamente antieconómicas.

Sólo lo que se hace gratuitamente, con libertad y alegría, es progresivo. Las cosas que cuando se hacen, se pagan, mantienen el nivel histórico adquirido, pero dan un incremento cero de progreso. Además de los factores de producción privada (trabajo, capital, empresa e invento) hay que tener en cuenta los factores de producción comunitaria (inventos ancestrales, técnicas, construcciones, cultura…) que son la herencia de los antepasados y que se han convertido en dominio público. y por tanto, gratuitos.

Pero no sólo los antepasados aportan el «trabajo de los muertos». También el presente está preñado de desinterés generoso. Quien más quien menos tiene momentos en los que muere a sí mismo para hacer un acto de amor, desinteresado, gratuito: el político que se juega su pertenencia estable dentro de la «clase política» y hace que triunfe un programa impopulista, en favor del pueblo y, así, pierde las elecciones siguientes. La madre y el padre que hacen y suben hijos a pesar de perder así muchos años de independencia. El preso que se gasta unos céntimos para poner un ramo de flores que alegre la vida a sus compañeros de celda. El niño que acepta de no tirar el chicle al suelo. El contemplativo que, en vez de dormitar, «contempla» verdaderamente en los ratos de meditación…

Haríamos la lista interminable. Si ponemos los medios, si no lo impedimos, puede llegar un día en que la sociedad utilitaria será casi imperceptible: una especie de inconsciente colectivo automático, como la circulación de la sangre en nuestro cuerpo. Puede llegar también un día, en que la sociedad liberal será una especie de subconsciente colectivo como los sentimientos y las emociones en la vida humana. Y, en este día, la sociedad trascendente será el contenido consciente colectivo principal, pleno y corriente de la vida de la humanidad. Habrá triunfado el amor que es la trascendencia.

Es necesario pues, ordenar en la práctica la vida económica, que es la vida ordenable, y liberar en la práctica la vida trascendente que es radicalmente libre. La confianza en la fecundidad de la vida trascendente en todos los hombres y mujeres permite afrontar el presente sin miedos, sin encogimientos, pero sin idealismos y espiritualismos que no busquen la libre manifestación del amor trascendente.

La expresión de la trascendencia ha sido secuestrada, históricamente, por las religiones . Para liberarla debemos resucitar la magia libertaria como juego abstraccionista primigenio imaginativo, creador de mitos exaltantes y de belleza pura, popular, festiva, tan alegremente contradictoria como la vida misma.

La lógica actual es una disciplina analítica e informática de un tipo rígido. No sirve, por tanto, para universalizar los ideales más nobles, los noúmenos más misteriosos, personales y singulares, los sueños humanos más dignos rescatados en muchos de los primitivos libros sagrados en todos los países y culturas.

Es necesario que, a través de la resurrección libertaria de la magia popular más pura, espontánea y expansiva, matar definitivamente todas las magias pensadas mantenedoras del poder y de la corrupción, del imperialismo criminal y del nacionalismo idolátrico. Ésta es, sin embargo, una tarea que sólo es posible a partir de la destrucción del poder antieconómico que domina hoy la tierra. El precio de la libertad práctica es el esfuerzo humano inteligente y valeroso para introducir en «este mundo» el otro mundo nuevo que «sufre violencia» para entrar.

La iglesia es la «convocatoria confederativa y libertaria de personas (individuales, sociales-colectivas y nacional-comunitarias) muy diversas, a efectos sagrados comunes». Entendida así, la iglesia es el marco para convocar a todos a participar en esta fiesta trascendente, amorosa, popular, liberadora ... La iglesia no tiene nada que ver ni con las instituciones religiosas ni con los edificios que las acogen.

Si la sociedad ética-trascendente, en sí misma, no necesita dinero, ni profesionales, ni edificios… si que pueden necesitar las iglesias o comunidades de fe y fiesta. Pero, éstas no deben poder utilizar estos medios para encubrir intereses partidistas ni ser poderes fácticos. En este sentido las iglesias y comunidades de fe se deberán acoger al Estatuto Liberal.

El repudio a todas las religiones es un no radical a los dioses y a los hombres de la injusticia, de la mentira, del sufrimiento y la muerte, un no radical a los dioses ya los hombres del poder que tiende a someter al hombre y a desviarlo de su gran aventura: la del espíritu de la vida más allá de todo límite de espacio y de tiempo, más allá del cuerpo animado y del cuerpo desanimado, del cuerpo y del alma.

Las religiones, que siempre han peleado fanáticamente entre ellas, son un conjunto de doctrinas abstractas, de poderes y conductas exteriores y rituales, de ritos sin interioridad, que hacen vivir creencias al margen de las realidades terrenas. Todas las religiones, y más aún la cristiana -que no tiene nada que ver con el «cristianismo» concreto-, son opio y evasión para el pueblo. Se propone a los fieles que esperen el cielo -cielo evasionista de todas las preocupaciones terrenales-y que esta esperanza les dejará religiosamente justificados.

El espíritu ético-trascendente se encarna en todas las realidades del mundo, libera a la persona de «este mundo corrupto» pero la hace «estar en el mundo» para liberarlo de los poderes establecidos.

El espíritu es incómodo porque empuja a las personas a que se ocupen de la liberación concreta de las otras personas, porque hace actuar de manera concreta en este mundo concreto, a favor de un orden social solidario, de una convivencia fraterna, fuera de todo inmovilismo, quietismo, devocionismo, angelismo, idealismo ...

Las religiones, en general, y lo que llamamos « la Iglesia », «el Estado», «la Ciencia», «la Técnica", en el sentido mágico de estas palabras, nos han acostumbrado, siempre y en todas partes, a esperar del exterior de nosotros mismos el remedio a todos nuestros males. Esta costumbre, no es sólo una característica de nuestras civilizaciones históricas, sino probablemente una de las causas mismas de la casi totalidad de nuestros males.

En este, sentido, y como resumen de la distinción entre espíritu ético-trascendente e iglesia liberadora, por un lado, y ritualismo espiritualista y religión, por otra, hay que:

  • Reducir todas las «Religiones» a la mínima expresión interna posible para la educación y la instrucción permanentes en las que se desvela que toda religión es un opio que repetidamente liga («re-ligare") el pueblo en las estructuras religiosas de sutil dominación. (Jesús de Nazaret, el Buda…son claramente anti-religiosos).
  • Reducir todas las «Iglesias» a simples movimientos del espíritu en búsqueda de la plena solidaridad humanista y festiva. Todo el poder temporal y material de las «iglesias» es, por esencia, anti-espiritual.
  • Reducir todos los «Estados» a simple gobierno, actuación y estrategia gerencial de su sociedad geopolítica respectiva, aplicando a fondo el principio de subsidiariedad favorecedor del protagonismo de la sociedad civil.

Es necesario, pues, favorecer que cada persona humana afirme su libertad primordial en sus propios ojos, que sepa que no necesita nada ni nadie mágico para triunfar sobre su propio enemigo: su propia propensión a dimitir mágicamente de sí mismo y alinearse en los poderes que se presentan como imprescindibles para su salvación personal. Esta actitud da a la persona una alegría de vivir con efectos benéficos para el fortalecimiento de su libertad, más importantes que el simple beneficio material eventualmente obtenido en liberarse de los poderes que le tientan a dimitir de sí mismo.

Todo desequilibrio endocósmico del hombre está más en relación directa con la complexión caracterial de cada persona, con su manera de aceptarse a sí mismo y su circunstancia, que en relación con las cosas y acontecimientos que él puede dominar si dispone de buenos procedimientos para hacerlo: procedimientos que no sean la magia, la dimisión religiosista, clericalista, estatista, cientifista, tecnicista. El hombre es su propia y sola medida para enfrentarse al espíritu trascendente.

La persona libre es aquella que se siente, en espíritu, libre de toda prescripción y que actúa solamente por su opción fundamental frente al hermano. Es indiferente a todas las religiones y de todas aprovecha su mensaje encubierto de libertad, de solidaridad y fraternidad, pero sin hacerse prisionero de ninguna de ellas.

La persona con espíritu libre, no depende de ninguna religión, de ningún altar ni instrumento mágico: buscar librarse de toda religación trascendente en cualquiera de sus instintos divinizados, de sus intuiciones divinizadas, de sus regímenes sociales divinizados, de sus divinizadas recopilaciones de sentencias éticas y sapienciales.

Así pues, socialmente, no poner trabas a que las personas juguemos; celebremos la vida con alegría, felicidad, fiesta, música, danza, con todas las artes y artesanías, con la palabra bella y canto entusiasmado, con flores, limpieza y hermosura .Que las personas, por la experiencia diaria, destruyamos, en nuestra conciencia alegre y confiando, la tristeza de la idolatría del dinero, de la idolatría del trabajo de los otros, de la idolatría del poder sobre los demás, que no nos inquieten por la posesión de la tierra, ya que es de toda la comunidad; que aceptemos la muerte como algo natural, como apertura hacia la trascendencia total.

Todo esto no son imaginaciones sin fundamento científico, filosófico, tecnológico… sino previsiones posibles de realizar gracias a los progresos político, judicial, telemático-informático, mercantil y dinerario. Para comprobar esta previsión sólo hay que aceptar, en el corazón y en la mente, que vale la pena probar en comunidad política la experiencia de la alternativa cívica.

Versión 1987.

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