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«Los protocolos de los sabios de Sion», la mentira que no muere.

Historia y Vida. Logotipo.Història y Vida. Número 592. Jueves, 18 de Febrero de 2021.

«Los protocolos de los sabios de Sion», la mentira que no muere.

A principios del siglo XX aparecieron unos supuestos planes judíos para dominar el mundo. Era una farsa de la inteligencia rusa.

Mujeres judías en Linz, Austria, se exhiben en público durante el pogromo antijudío conocido como Kristallnacht, en Noviembre de 1938. Propias.
Mujeres judías en Linz, Austria, se exhiben en público durante el pogromo antijudío conocido como Kristallnacht, en Noviembre de 1938. Propias.

Iván Giménez Chueca.
18-2-2021, 7h0’. Actualizado a 18-2-2021, 17h17’.

El antisemitismo estaba claramente arraigado en la Europa de principios del siglo XX. Desde mediados del siglo anterior, el fenómeno había añadido un componente racial a la secular judeofobia sociocultural.

Esa judeofobia que aflora en el siglo XIX lo hace por el contexto económico, político y social experimentado en el continente a partir de la Revolución Francesa. Mientras el estado liberal se abre camino con la lenta consolidación de regímenes democráticos, las fuerzas conservadoras pugnan por conservar los privilegios que ostentaban en el Antiguo Régimen.

Las comunidades judías solían dar apoyo a los postulados liberales, dado que les garantizaban la paridad con el resto de la ciudadanía. Se concentraban por lo general en los grandes núcleos urbanos, donde muchos desempeñaban, precisamente, las denominadas «profesiones liberales». Un puñado de ellos tuvieron un éxito muy notable y se enriquecieron. Es decir, se convirtieron en una de las caras visibles de los nuevos tiempos.

Por su parte, los conservadores más radicales atribuían el giro de los acontecimientos a las maquinaciones de determinados grupos, en especial a los judíos: eran los culpables de todo lo negativo de la modernidad.

El bastión del antisemitismo.

A finales del siglo XIX, Rusia reunía los elementos para convertirse en el escenario de un movimiento judeófobo. Era el país con mayor población judía del mundo. Por otra parte, en el Imperio ruso, los judíos constituían una comunidad más tradicionalista que sus correligionarios del oeste europeo, a menudo laicizados.

Contrariamente a los rumores, la mayoría de los judíos rusos eran muy pobres. No obstante, con su cultura propia y la visibilidad de su aspecto (la barba y los rizos, los caftanes negros...) atraían fácilmente la aversión de los míseros campesinos rusos.

«Víctimas del fanatismo», cuadro de Mykola Pymonenko. Dominio público.
«Víctimas del fanatismo», cuadro de Mykola Pymonenko. Dominio público.

Rusia había sido, además, el bastión de la contrarrevolución en Europa. En este clima inestable, los judíos eran señalados como responsables de todas las dificultades. Esto se traducía en graves disturbios contra ellos, conocidos como pogromos, que llevaron a centenares de miles de personas a emigrar, principalmente a Estados Unidos.

Los peores altercados tuvieron lugar entre 1881 y 1884, cuando se les culpó sin ninguna razón del asesinato del zar Alejandro II, una acusación que se reforzó gracias al marcado antijudaísmo de su sucesor, Alejandro III.

Una oscura creación.

Nicolás II llegó al trono en 1894. El nuevo gobernante Romanov también sentía un profundo desprecio por los judíos. No obstante, pronto sorprendió con algunas iniciativas reformistas que pretendían equiparar a Rusia con las grandes potencias. Este reformismo estaba dirigido por Serguéi Witte, ministro de Hacienda.

Witte se ganó enseguida la enemistad de los más reaccionarios en la corte. Estos círculos comenzaron a promover la idea de que una conspiración judía internacional buscaba modernizar el país para socavar los fundamentos de la sociedad rusa, y en especial el cristianismo ortodoxo. La esposa de Witte era de religión hebrea, lo que fue utilizado por sus adversarios para vincularlo con el teórico complot.

Entre el 29 de agosto y el 7 de septiembre de 1903 se publicó la primera versión de Los protocolos, con el título Programa para la conquista del mundo por los judíos. Fue por entregas, en un periódico de San Petersburgo, Znamya (Bandera). Su director, Pável Krushevan, era un defensor de la autocracia zarista y un convencido antisemita que había participado en varios pogromos.

Krushevan nunca reveló la identidad del autor o de quien le había facilitado aquella documentación sobre una presunta reunión de líderes judíos mundiales. Las entregas mostraban un plan de dominación a través del control de sectores clave, como la banca o la prensa, y del fomento de revoluciones en varios países. También describían cómo sería el futuro estado judío global.

El impacto inicial de las entregas fue escaso. Sería en 1905 cuando Los protocolos ganasen fama y pasaran a ser conocidos ya con este nombre. La causa fue la tercera edición de la novela Lo grande en lo pequeño, de Serguéi Nilus, escritor vinculado a la policía secreta zarista, la Ojrana. Los protocolos se presentaban en el último capítulo de la obra, y su éxito se explica por un añadido que hizo el autor.

En Lo grande en lo pequeño, se decía que Los protocolos eran las actas de reuniones secretas mantenidas durante el Primer Congreso Sionista, encuentro auténtico celebrado en Basilea en 1897. Se acusaba a Theodor Herzl, padre de la idea de un estado de Israel en Palestina, de ser uno de los líderes de la conspiración judía mundial.

Theodor Herzl en un barco, llegando a las costas de Palestina en 1898. Dominio público.
Theodor Herzl en un barco, llegando a las costas de Palestina en 1898. Dominio público.

La afirmación no tenía sentido. El congreso recibió una amplia cobertura por parte de la prensa, por lo que era improbable que unas reuniones así hubiesen pasado por alto. Además, las actas estaban escritas en francés, cuando el idioma de trabajo de la cumbre sionista fue el alemán (lengua materna de Herzl, que era austríaco). Pero los antisemitas de todo el mundo quisieron ver en este congreso una confirmación de que los judíos perseguían el dominio global.

La situación política rusa en 1905 también contribuyó a que Los protocolos resucitaran. La inesperada derrota del Imperio en su guerra contra Japón desencadenó una revolución cuyas raíces se hundían en la pobreza en que vivía buena parte de los campesinos y obreros del país. La inestabilidad aumentó con las demandas de diversos partidos (desde liberales hasta bolcheviques) de una mayor apertura política.

Este clima propició que los más reaccionarios agitaran de nuevo el fantasma de la conspiración hebrea, y el ministro Witte volvió a ser blanco de ataques. Las acusaciones contra los judíos fomentaron nuevos pogromos.

En paralelo, Los protocolos llegaron a manos del zar, que quedó impresionado por lo que en ellos se explicaba. Los rumores antisemitas tuvieron su efecto: Witte se vio desbordado por los acontecimientos. Al final, perdió la confianza de Nicolás II, que lo consideró un «traidor projudío».

El presidente del Consejo de Ministros, Piotr Stolypin, encargó una investigación a la gendarmería que concluyó que Los protocolos provenían, en realidad, de los círculos antisemitas parisinos, y no de un presunto gobierno secreto judío.

El salto a la fama.

La expansión de estos textos hacia Occidente llegaría con motivo de la Revolución de 1917. Los zaristas destacaban el papel que tenían algunos judíos en la cúpula bolchevique, como León Trotski. Era cierto que había un número notable de miembros de esta comunidad en los cuadros comunistas, aunque también lo era que se desmarcaban de las tradiciones y la religión –propia o ajena–, que consideraban algo del pasado que ataba al pueblo a supersticiones.

Por otra parte, las ideas promovidas por Los protocolos y otras publicaciones influyeron en las terribles matanzas de judíos que tuvieron lugar durante la guerra civil entre blancos (zaristas) y rojos (bolcheviques) de 1917 a 1923. Se calcula que murieron unas cien mil personas.

Voluntarios antibolcheviques durante la guerra civil rusa. Dominio público.
Voluntarios antibolcheviques durante la guerra civil rusa. Dominio público.

Los rusos blancos buscaron ganarse las simpatías de otros países que veían con recelo la revolución bolchevique, y optaron por difundir su propaganda antisemita por Europa. Repartieron ejemplares de Los protocolos entre los delegados de las potencias que acudieron a la Conferencia de Paz de París de 1919, al término de la Primera Guerra Mundial.

En 1920 se publicó en Gran Bretaña la primera edición de Los protocolos con el título El peligro judío, bien recibida por los sectores más reacios a los movimientos de izquierda. Pero sería en Alemania donde estos textos encontrasen mayor eco. La primera edición apareció en 1919. Los protocolos se identificaron como la prueba de que los judíos habían alimentado la guerra contra el II Reich desde la City de Londres.

Para los sectores más nacionalistas, la República de Weimar era un instrumento del poder judaico. Cuando, en 1922, se produjo el asesinato de Walter Rathenau, ministro de Exteriores alemán de origen judío, Willy Günther, el ultranacionalista ideólogo del magnicidio, explicó que él y sus correligionarios lo habían matado porque le creían al servicio de los sabios de Sion. También reconoció que se había inspirado en Los protocolos.

En Francia, los efectos no fueron tan dramáticos, pero sí duraderos. Las ediciones se sucedían a un ritmo vertiginoso –solamente en 1925 hubo 16–, y fueron un éxito de ventas hasta 1939. Mientras, en Estados Unidos, Los protocolos contaron con el patrocinio del mismísimo Henry Ford, que financió la publicación de 500.000 ejemplares. Las tesis antisemitas se difundían también a través del diario propiedad del célebre empresario, The Dearborn Independent.

Los hilos del montaje.

Ha sido complicado para los historiadores llegar al fondo de Los protocolos. En diversas ocasiones se ha demostrado que eran falsos, pero tardó en averiguarse su procedencia exacta. Tras la primera investigación en Rusia en 1905, fue el diario británico The Times el que empezó a apuntar en la verdadera dirección.

En 1921, el corresponsal de la publicación en Estambul, Philip Graves (hermano de Robert, el autor de Yo, Claudio), contactó con un exiliado ruso que le desveló que Los protocolos eran una falsificación de la Ojrana zarista para una campaña de desprestigio de las comunidades judías. El periodista británico siempre mantuvo en secreto la identidad de esta fuente, a la que en sus escritos se refería como «Sr. X».

Oficiales de la Ojrana zarista en San Petersburgo. Dominio público.
Oficiales de la Ojrana zarista en San Petersburgo. Dominio público.

Además del testimonio del exiliado ruso, Graves obtuvo la ayuda de expertos del British Museum para contrastar la información. En tres artículos publicados en agosto de 1921, demostró que Los protocolos eran un plagio de un texto de 1864: Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Publicado por un abogado francés, Maurice Joly, se trataba de un ataque contra Napoleón III. El autor del posterior panfleto antisemita copió párrafos casi literalmente adaptando el discurso a sus intereses. Pero los frutos del desenmascaramiento solo se dejaron sentir con claridad en Gran Bretaña.

Mentira interminable.

Los años treinta imprimieron nueva vitalidad a la extensión de Los protocolos por Europa. En Alemania, los nazis hallaron en ellos una legitimación de su discurso antisemita y los promocionaron a escala internacional. En Suiza, miembros de la comunidad judía llevaron a los tribunales a un grupo de nazis locales por difundir el texto. El proceso evidenció que era un plagio de Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.

Los protocolos siguen siendo un referente para sectores antisemitas diversos: neonazis, grupos de extrema izquierda, islamistas.

Ha habido ulteriores descubrimientos. En noviembre de 1999 se desveló, al fin, la autoría material de Los protocolos. Fue gracias al trabajo de Mijaíl Lepejin, historiador de la Academia de Ciencias Rusas de San Petersburgo. Tras indagar en distintos archivos, pudo demostrar que fueron obra del escritor Matvei Golovinski, que trabajaba para la Ojrana en París.

Pese a todo, Los protocolos siguen siendo un referente para sectores antisemitas de perfiles diversos: neonazis, grupos de extrema izquierda, islamistas. Han quedado enraizados en quienes aún quieren creer en la conspiración judía mundial. Como escribió Maquiavelo en El príncipe: «Los hombres son tan ingenuos, y responden tanto a la necesidad del momento, que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar».

Este artículo se publicó en el número 592 de la revista Historia y Vida.

Enlace del artículo original en castellano:

https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20210218/6250329/protocolos-sabios-sion-antisemitismo.html


Enlace relacionado:

El testimonio de Evelyn según el Dr. Brian Weiss.

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