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Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

Capítulo 2. Los sistemas monetarios: elementos, naturaleza y funciones. Moneda telemática y estrategia de mercado. Índice. Moneda telemática y estrategia de mercado. Capítulo 4. El sistema monetario actual. Moneda telemática y estrategia de mercado.

Capítulo 3. La realidad monetaria a través de la historia.

  1. Objetivos de este capítulo.
  2. El trueque no monetario.
  3. La realidad monetaria entre los pueblos primitivos.
  4. Los sistemas monetarios de las civilizaciones nacientes.
  5. Aparición de la moneda metálica concreta.
  6. De la moneda metálica al papel moneda.
  7. El billete de banco inconvertible.
  8. Referencias bibliográficas de este capitulo.

1. Objetivos de este capítulo.

En el capitulo anterior, al hablar de los elementos de los sistemas monetarios, se ha utilizado un tipo de exposición que sugería de alguna manera una cierta sucesión de etapas en la evolución del mercado y de los sistemas monetarios dentro de él.

Esta sucesión de etapas se podría resumir así:

  1. En un primer momento, el mercado funciona sin sistema monetario por medio del simple trueque no monetario.
  2. En un segundo momento, aparecen las unidades monetarias con sus consecuentes valores mercantiles y comienza así el trueque monetario.
  3. Finalmente, en ciertos mercados dinámicos y evolucionados, se inicia el uso de los instrumentos monetarios, los cuales posibilitan el cambio monetario elemental.

Como ya se ha advertido, esta interpretación no pretende ser histórica; por este motivo, se ha evitado dar ninguna clase de referencia propiamente histórica a lo largo de todo el capítulo anterior, mientras que se ha puesto el acento en los aspectos más teóricos de los sistemas monetarios.

Pero también se ha dicho que la interpretación teórica había sido abstraída a partir de hechos históricos reales. Al objeto de no quedarnos solamente en una interpretación teórica, la cual es siempre excesivamente simplificadora de la complejidad de los hechos reales, y que además podría ser considerada totalmente arbitraria, daremos, en este capitulo, las referencias concretas de los hechos subyacentes a nuestra interpretación. Hechos que pretenden dotarla de una base empírica.

Es necesario advertir que la reconstrucción del desarrollo histórico de la realidad monetaria, tanto entre los pueblos prehistóricos o antiguos como entre los pueblos primitivos actuales, presenta serias dificultades: los documentos existentes son pocos y parciales, y su interpretación es una labor muy delicada.

Con estas limitaciones, pues, iniciamos el tema.

2. El trueque no monetario.

De los estudios realizados sobre el intercambio utilitario entre pueblos primitivos existentes en la actualidad se deduce que, entre estas sociedades, el trueque no tiene un carácter únicamente utilitario, sino que cumple sobre todo una función social. Posiblemente, por paralelismo etnográfico, se podría decir lo mismo de las poblaciones prehistóricas.

De hecho, en las poblaciones humanas de organización social más sencilla -las denominadas de «cazadores-recolectores»- el sostenimiento individual y familiar se desarrolla en el interior de la comunidad, por lo que el intercambio utilitario no es vitalmente necesario. Sí lo es, en cambio, socialmente, ya que sirve para establecer lazos de amistad y alianzas con otros grupos o bien para afianzar las relaciones sociales existentes en el interior del propio grupo.

Debido a la gran importancia de este componente social, el trueque primitivo está muchas veces revestido de formalidades, de rituales complejos ligados a la magia, es decir, a la concepción sacral de la vida del hombre. Todo acto de intercambio es considerado sagrado, al igual que todas las relaciones sociales.

3. La realidad monetaria entre los pueblos primitivos.

Entre los pueblos primitivos existentes en la actualidad el conocimiento y la utilización de alguna clase de sistema monetario destaca en tres partes del mundo: África occidental y Central; Melanesia y Micronesia; y el oeste de Norteamérica.

Es necesario resaltar el hecho de que los pueblos de todas estas zonas practican unas avanzadas relaciones utilitarias de tipo neolítico, ya sea agrícola o pastoril. Este utilitarismo neolítico es, sin embargo, todavía poco especializado: cada pequeña unidad social productora puede autoabastecerse en gran medida y por, eso el trueque conserva aún un carácter fuertemente social.

Estos pueblos tampoco conocen sistema alguno de escritura y, no obstante, poseen unos sistemas monetarios constituidos por lo que hemos denominado unidades monetarias y valores mercantiles.

Efectivamente, entre las poblaciones primitivas de las zonas mencionadas -no únicamente de estas, pero sí principalmente-, ciertos objetos (que evidentemente varían según la población de que se trate) están revestidos de una gran importancia social: son símbolos de riqueza y confieren al que los posee un gran prestigio.

Debido a que estos objetos son a menudo intercambiados ceremonialmente con ocasión de ciertos acontecimientos sociales, muchos etnólogos los han equiparado a una forma «disminuida» o primitiva de la moneda metálica que estuvo en vigor entre todos los pueblos civilizados actuales, hasta que fue sustituida definitivamente por los billetes de banco de curso forzoso, entre 1.914 y 1.936.

Ahora bien, es posible una interpretación muy diferente. Estos objetos parecen tener dos funciones claramente diferenciadas. La primera, fundamentalmente social, de creación y mantenimiento de lazos de amistad y de relación: es la que se desarrolla a través del intercambio real y concreto de estos objetos en ocasiones muy bien especificadas de gran importancia social.

Estos mismos objetos llevan a cabo una segunda función estrictamente utilitaria, y es la de servir de patrones de medida de valor en el intercambio de los bienes utilitarios corrientes.

En este segundo caso, dichos objetos no son nunca realmente intercambiados sino que son únicamente una referencia abstracta para calcular equivalencias entre otras mercancías valoradas en ellos. Eso es precisamente lo que hemos denominado unidad monetaria. Los valores asignados en unidades monetarias a cada mercancía son los valores mercantiles de dichas mercancías.

En algunos casos, la documentación etnográfica que poseemos es insuficiente para poder confirmar o infirmar con suficiente base empírica esta interpretación. Esto es debido, sobre todo, a los prejuicios de ciertos etnógrafos que encaminan su observación hacia unas realidades determinadas descuidando otras más significativas para un estudio global del utilitarismo primitivo.

A pesar de estas dificultades hemos seleccionado un par de ejemplos que parecen ir en la dirección indicada:

Primer ejemplo: en las islas del Almirantazgo (Papua/Nueva Guinea) los nativos pueden evaluar todos sus bienes en conchas y dientes de perro. En los intercambios corrientes las conchas y los dientes de perro no se utilizan casi nunca, mientras que su uso es obligatorio en los intercambios rituales.

Segundo ejemplo: entre los Lele de Kasai (Zaire), la tela de rafia constituye el patrimonio nupcial que ha de poseer todo hombre que se quiera casar. Pero, al mismo tiempo, también todos los bienes que son objeto de intercambio no ritual pueden evaluarse en unidades de tela de rafia. En estos intercambios, la tela de rafia no interviene como mercancía concreta sino únicamente como patrón de valor.

Nos inclinamos, pues, a hablar de la existencia, en estos pueblos, de unidades monetarias abstractas y no de objetos monetarios concretos. Para poder generalizar esta interpretación a todos los pueblos neolíticos que conocían alguna clase de realidad monetaria, sería necesario realizar estudios exhaustivos que están reservados a especialistas en etnografía.

4. Los sistemas monetarios de las civilizaciones nacientes.

La arqueología nos ha descubierto en los últimos decenios como nacieron las primeras civilizaciones en el Asia sudoccidental (Mesopotamia, Elam, Próximo Oriente...), en el valle del Indo, en Egipto y más tarde en el Egeo, el valle del Danubio, etc.

Estas civilizaciones o «culturas de ciudad» estaban fundamentadas en un utilitarismo neolítico avanzado, con cultivo extensivo de cereales y con una división de trabajo cada vez más estable.

En ellas aparece por primera vez la escritura, pero la escritura no es sino la consecuencia de otra práctica social anterior que aquí nos interesa mucho recoger, ya que no es otra cosa que la utilización corriente de instrumentos monetarios como los descritos en el capitulo anterior.

Desde los inicios mismos de su neolitización estas sociedades contaban probablemente con unidades monetarias como las definidas, casi siempre abstractadas a partir de las mercancías prototípicas o más importantes de cada una. En Mesopotamia, por ejemplo, se utilizó una medida de cebada y posteriormente un peso determinado de plata. En Egipto, la medida común de los valores mercantiles era el «uten», una espiral de cobre de un peso más o menos fijo. En la Grecia homérica, la unidad monetaria abstracta era el «buey». Ni la cebada o la plata en Mesopotamia, ni el cobre en Egipto, ni los bueyes en Grecia, eran realmente intercambiados en cada transacción del mercado. Como ya se ha dicho, el hecho de que consideremos estas mercancías como unidades monetarias, significa sencillamente que eran tomadas como medida abstracta común del valor de todas las otras mercancías: o lo que es lo mismo, todas las otras mercancias podrían evaluarse en términos de tales unidades.

Por otro lado, y también desde los inicios del neolítico (8.500 a.C.) se conoce en toda Asia sudoccidental el desarrollo de un sistema de contabilidad a base de fichas de barro1. Considerado en su totalidad, este sistema contaba con unas 15 clases principales de fichas, distinguidas por su forma y divididas en unas 200 subclases basadas en diferencias de tamaño, marcaje o variación fraccional. Parece evidente que cada formato específico poseía un significado propio. Algunas fichas tal vez representen valores numéricos, mientras que otras representan objetos específicos, en particular géneros mercantiles.

La función exacta de este sistema de fichas en el seno de las comunidades neolíticas más primitivas de Asia sudoccidental no la podemos conocer con exactitud, pero parece posible que se trate de un sistema de registro de las diferentes operaciones e intercambios efectuados con los productos de las cosechas y los rebaños. La noción de registro, de recogida y fijación en un documento2, es el embrión del posterior desarrollo de los instrumentos monetarios.

Efectivamente, estas comunidades primitivas van evolucionando lentamente, durante unos 5.000 años, con su sistema de contabilidad y registro casi invariado. Al llegar a la Edad del Bronce durante la segunda mitad del milenio IV a.C. (del 3.500 al 3.000 a.C.) conocen un avance económico notable: se da un drástico aumento de la población en los actuales Irán e Irak; aparece la especialización artesana y los inicios del comercio en gran escala. Esta especie de explosión económica va aparejada con unos cambios significativos en el sistema de fichas debido a la presión que sobre él ejerce el gran desarrollo comercial. Es necesario ahora llevar registro no sólo de la producción, sino también de los inventarios, fletes, pago de salarios y, sobre todo, los mercaderes necesitan guardar constancia de sus transacciones.

La aparición de nuevas formas de fichas y de nuevos subtipos es significativa; pero mucho más lo es todavía la aparición de nuevas modalidades de utilización del sistema. Estas nuevas modalidades, que aparecieron en el último siglo del milenio IV a C, son principalmente las dos que se explican a continuación.

En primer lugar, aproximadamente un 30% de las fichas encontradas están perforadas. Este hecho puede interpretarse mediante la hipótesis de que algunas fichas representativas de una transacción especifica, eran engarzadas juntas a modo de registro.

Pero mucho más interesante todavía es la aparición, centrada en Mesopotamia, de las bullae. Las bullae o «bulas» son una especie de esferas o sobres de barro, en el interior de las cuales están encerradas un cierto número de fichas. Esto representa un testimonio directo, perfectamente definido, del deseo del usuario de separar las fichas que representan una transacción determinada.

A juicio de la autora de estas investigaciones, no hay duda de que las bullae fueron inventadas para proporcionar a las partes de una transacción una superficie lisa de arcilla que podía ser marcada con los sellos personales de los individuos implicados -según la costumbre sumeria-, como forma de validación del acto comercial. El hecho de que la mayoría de las 300 bullae descubiertas hasta el momento lleven impresiones de dos sellos diferentes refuerza esta hipótesis.

Nos encontramos así con un verdadero documento monetario, que registra todas las características especificas de cada intercambio concreto, así como los sellos (equivalentes a las firmas) de sus agentes.

Se podría también -no siguiendo ya a Schmandt-Besserat- avanzar una hipótesis complementaria: la hipótesis de que estos documentos monetarios podrían, incluso, haber funcionado como los instrumentos monetarios que hemos descrito en el capítulo anterior. Además de dejar constancia documentada, las bullae podrían haber sido susceptibles de intra-compensación contable.

Esta segunda hipótesis es más arriesgada que la primera ya que no hay hechos concretos para apoyarla empíricamente. No obstante, una serie de indicios la hacen indirectamente plausible. Se puede hacer las dos constataciones siguientes:

Primera constatación: en toda la llanura mesopotámica se desarrolla ya, desde finales del milenio VI a.C., lo que se ha denominado «economía del templo». Al parecer, el templo funcionaba como una institución no sólo de carácter sacral, sino también con importantes dimensiones sociales y utilitarias. En el seno y al amparo del templo se desarrollan toda clase de actividades agrícolas, artesanales y de manufactura. Parece ser que el templo utilizaba los excedentes agrícolas para mantener las actividades artesanales, artísticas y culturales, funcionando como un sistema de redistribución. Estas complejas actividades llevaron a los templos, poco a poco, a desarrollar también sistemas de contabilidad complejos para el control de todos los movimientos de mercancías, personal y salarios.

Segunda constatación: en época de Hammurabi (hacia 1.800 a.C.) cuando ya la moneda metálica se había comenzado a introducir, se sabe que los comerciantes asirios establecidos en el Asia Menor, dedicados a la obtención de cobre de esta tierra, practicaban un sistema de saldo de deudas entre cuentas.

Si bien dos constataciones no nos dicen nada directamente sobre la existencia de instrumentos-documentos monetarios, sí que nos permiten decir que los elementos técnicos indispensables para la existencia de tales instrumentos eran ya presentes. Sistemas complejos de contabilidad y de compensación entre cuentas estaban ya desarrollados. Por lo tanto, es posible que, durante la segunda mitad del milenio IV hubiera desarrollado en Mesopotamia un sistema monetario basado en los instrumentos-documentos monetarios, por lo menos a nivel de grandes mercaderes y de relaciones con el templo. En este sistema, el templo habría jugado un papel propiamente bancario.

Está claro que es necesario encontrar pruebas más directas para la hipótesis propuesta. Pero también es cierto que numerosos prejuicios se han opuesto desde hace tiempo, tanto a la formulación de esta hipótesis, como sobre todo a la búsqueda de los datos empíricos que podrían suscitarla, y muy especialmente el prejuicio metalista -es decir, la creencia acrítica de que las primeras formas monetarias fueron las formas metálicas concretas- ha conducido las investigaciones por caminos predeterminados y ha impedido fijar la atención en los, puntos centrales para cualquier nueva interpretación. Entre las miles y miles de páginas escritas hasta la actualidad sobre las primeras civilizaciones, son pocas las referencias a la forma concreta en que se realizaban los intercambios monetarios y, todavía más escasas, son las interpretaciones dadas a los pocos datos existentes en relación a este tema.

Finalmente, es preciso constatar que las bullae no tardaron mucho en convertirse en las famosas tablillas de escritura cuneiforme. Efectivamente, las fichas que eran encerradas en el interior de la bullae pasaron a representarse gráficamente a través de unas marcas en el exterior; hasta que descubrieron que era suficiente con estas marcas y que las fichas ya no eran necesarias. Había nacido la escritura.

Con la aparición de los primeros instrumentos-documentos monetarios desaparece por primera vez el trueque elemental, es decir, el intercambio directo de mercancía contra mercancía, para dar lugar al intercambio diferido que hemos denominado cambio monetario elemental. Probablemente, estos instrumentos-documentos, sólo eran utilizados a nivel de los grandes comerciantes; pero a pesar de eso, la sola introducción en el mercado de cambios monetarios elementales, tiene como efecto inmediato que se plantee por primera vez el tema del equilibrio del mercado global.

Efectivamente, cuando todo el mercado se compone de trueques elementales, dicho mercado está necesariamente en equilibrio, porque cada trueque elemental es auto-equilibrado. Pero cuando se introducen cambios monetarios elementales, aunque sea sólo en una pequeña proporción, el equilibrio global del mercado desaparece porque los cambios monetarios elementales no representan un equilibrio real entre dos mercancías concretas, sino únicamente un equilibrio artificial, intra-contable, entre una mercancía concreta y unas unidades monetarias que arbitrariamente se le han asignado.

Para restablecer el equilibrio real del mercado global, es preciso recurrir a una estrategia: la estrategia de adecuación entre el valor total del poder de venta existente y el valor total del poder de compra disponible. Esta estrategia recibe el nombre de invención (o en su caso exvención) de dinero o poder de compra.

Probablemente los antiguos sacerdotes mesopotámicos se dieron cuenta de este problema y supieron resolverlo, ya que a ellos se remontan las primeras experiencias de préstamo y crédito, es decir, de profesionalización bancaria.

5. Aparición de la moneda metálica concreta.

Los intrumentos-documentos monetarios surgieron como simple instrumentación, como simple expediente contable para evitar las molestias del trueque. Eran, pues, de naturaleza radicalmente abstracta-auxiliar y estaban desprovistos de valor intrínseco. Su funcionamiento no implicaba el intercambio de ningún objeto concreto, sino únicamente la referencia a una unidad monetaria abstracta. Aunque la unidad monetaria estuviera representada simbólicamente por una mercancía concreta (un saco de cebada, un buey...) esta mercancía no intervenía de forma real en las transacciones. Lo que interesaba era que hiciese de referencia abstracta del valor de las mercancías intercambiadas y no que se utilizara para intercambiar otros bienes por ella.

En Mesopotamia, probablemente desde mediados del III milenio a.C., aparece un nuevo tipo de instrumento monetario: la moneda metálica.

Paralelamente a los progresos realizados en la valoración de los metales (peso, calidad...), se va generalizando la costumbre de realizar los pagos en metálico: recordemos aquí que una de las unidades monetarias mesopotámicas era el siclo (con sus múltiplos y submúltiplos), es decir, un peso de metal precioso. Poco a poco, se fue pasando del pago mediante instrumento-documento monetario al pago en metálico.

Si bien al principio la práctica de documentar cada transacción elemental -mediante la presencia de testigos y la utilización de un instrumento-documento monetario- se mantiene viva, poco a poco se va perdiendo y los pagos en metálico llegan a ser completamente indocumentados, completamente anónimos.

Las circunstancias que impulsaron este cambio de dirección en la historia monetaria no son fáciles de explicar. De entre ellas, las más significativas podrían ser:

  1. La mayor rapidez y comodidad en las transacciones, en una época en que escribir era un arte complicado al alcance de muy pocos;
  2. Las posibilidades de ocultación y, consiguientemente, de corrupción que el nuevo sistema monetario posibilitaba. El resultado final de este proceso es la instauración de un nuevo sistema monetario bien conocido por todos: el sistema monetario metalista.

En este sistema, los instrumentos-documentos monetarios, auxiliares-abstractos, desprovistos de valor intrínseco, pasan a ser instrumentos monetarios concretos con valor intrínseco y sin valor documentario. Una mercancía concreta, un metal precioso (oro, cobre, plata...), es elegida y privilegiada entre todas las otras, para hacer de medio de pago en cualquier intercambio de todas las demás. Por ello, la unidad monetaria es denominada en este sistema, moneda-mercancía.

Durante el reino de Hammurabi (1.792 a 1.750 a.C.) ya es práctica normal en Babilonia el uso de lingotes de oro, plata o bronce. Pero no sólo la civilización mesopotámica realizó este cambio decisivo. Recordemos algunas de las civilizaciones históricas que fueron entrando más tarde o más temprano en el nuevo sistema monetario. En el valle del Indo se utilizaron barras de cobre; entre los hititas, lingotes de hierro; en Micenas, placas de bronce que imitaban pieles de animales; en China, placas de bronce en forma de vestidos, etc.

Los primeros instrumentos monetarios metálicos eran, incluso en el interior de cada civilización y de cada ciudad-imperio, de formas, muy diversas y de calidades de metal muy variadas. Por este motivo, en cada transacción era necesario pesar y probar el metal utilizado.

Más adelante, para solventar este inconveniente, se generalizó el uso de piezas de metal normalizadas, garantizadas por un peso y una calidad determinadas. La garantía era dada por el sello de la persona que encuñaba las piezas: estas piezas son las monedas propiamente dichas. Las primeras de que se tiene noticia documentada se remontan al siglo VII a C, en el Asia Menor.

Si en un principio cualquier persona con suficiente autoridad y riqueza podía encuñar su propia moneda, con el paso del tiempo esta función llegó a ser monopolizada por los poderes oficiales.

Como es fácil de comprender, con la generalización del uso de la moneda metálica se pierde una de las características fundamentales de los primitivos instrumentos monetarios: la documentación.

En cada transacción mercantil, la única función que cumple la moneda metálica es la de ser un medio de pago, es decir, un instrumento que permite realizar una transacción de mercancías. Con la entrega de unas piezas de moneda se puede dar por pagada y saldada cualquier situación de intercambio mercantil.

6. De la moneda metálica al papel moneda.

La moneda metálica se expansionó rápidamente y gozó de gran aceptación entre todos los pueblos civilizados de la antigüedad. A pesar de ello, en su misma naturaleza llevaba el germen de su desaparición.

Efectivamente, los sistemas metalistas tienen un límite muy preciso para su desarrollo: la cantidad de metal acuñable existente en cada sociedad geo-política en un momento dado. Esta limitación es tan taxativa que pronto se puso en evidencia la necesidad de renunciar a los sistemas de moneda metálica y concreta para ir retornando, poco a poco, a sistemas monetarios caracterizados por una radical abstracción.

Como ya se ha dicho en varias ocasiones, los sistemas monetarios no son sino construcciones abstractas que tienen por función facilitar, por la cuantificación que permiten, los intercambios de mercancías concretas. Estas construcciones abstractas son simples imágenes de las mercancías concretas intercambiadas y deben circular paralelamente, a ellas, evolucionando y adaptándose a las mismas. Cuando esta adaptación no se produce espontáneamente, es necesario introducir una estrategia monetaria adecuada: la invención de dinero.

Ahora bien, en régimen de moneda metálica, esta estrategia llega a ser imposible. En efecto, la piedra filosofal que transforma cualquier material en oro aún no se ha descubierto, por lo que es imposible aumentar a voluntad las existencias de metal monetario cuando éstas son insuficientes para la cantidad de mercancías realmente existentes.

Cada vez que un mercado se vuelve excesivamente dinámico y fecundo, la escasez de metal acuñable provoca la aparición de nuevas modalidades de instrumentos monetarios menos limitados en cuanto a su capacidad de expansión.

Históricamente, los banqueros han sido impulsores -y principales beneficiarios, aunque no únicos- de estas nuevas formas monetarias, cada vez más abstractas y alejadas de la concreción y valor intrínseco de la moneda metálica.

Recorramos ahora, muy brevemente, la historia de este retorno a la necesaria abstracción del sistema monetario, abstracción que no se alcanza de forma definitiva hasta el año 1.914.

Ya en la Edad Media, en Europa, la escasez de metales preciosos llevaba a los monarcas u otras autoridades acuñadoras a practicar manipulaciones monetarias, inconfesadas o públicas. Debido a que la emisión y el curso legal de la moneda estaban en sus manos, estas autoridades podían hacer que el valor nominal y legal de las piezas de moneda no correspondiesen a su valor real en metal. Esto podía obtenerse por dos procedimientos: acuñando nueva moneda con el mismo valor nominal pero con un contenido inferior de metal; o bien aumentando oficialmente y artificialmente el valor nominal de las piezas en circulación. De este modo, la autoridad acuñadora podía realizar sus pagos utilizando una cantidad menor de metal. Estas prácticas fueron corrientes durante toda la Baja Edad Media en que los Tesoros reales se endeudaban casi permanentemente y encontraban en este artificio monetario una solución a sus problemas.

Pero esta solución sólo era momentánea ya que la consecuencia inevitable de las manipulaciones era el alza de los precios y de los salarios; alza que agravaba nuevamente la situación del Tesoro, que se veía obligado a realizar nuevas manipulaciones iniciando un ciclo interminable. Evidentemente, los más perjudicados eran siempre las clases populares, que no tenían suficiente poder de compra para hacer frente a las alzas de los precios, y que tampoco tenían la posibilidad de manipular la moneda que les era impuesta.

Con las manipulaciones monetarias de la Edad Media se abre la brecha que empezará a separar el valor real de la moneda metálica concreta del valor monetario que se le atribuye artificialmente, en función de las necesidades del mercado.

Cuando se produce el descubrimiento de América, con sus magníficos tesoros para saquear y sus importantes minas de metales preciosos, parece que la escasez de metales tiene que acabar. Pero este periodo de abundancia sólo es relativo ya que al final de la Edad Media se ha producido un enorme desarrollo de las relaciones comerciales y, en consecuencia, de las necesidades de moneda.

Para dar respuesta a estas necesidades, los banqueros de la época inventan una nueva práctica que intenta suplir la escasez de metal: la letra de cambio.

En un principio, la letra de cambio es únicamente un medio de saldar las deudas a distancia y evitar, de este modo, los peligros del transporte de metal. Pero, más adelante, a la letra de cambio se añade la noción de crédito, es decir, de pago diferido en el tiempo. Conviene señalar que esta nueva modalidad de instrumento monetario que podríamos denominar papel crédito, era ya conocida en Mesopotamia desde los inicios del régimen de moneda metálica concreta.

La letra de crédito en todas sus múltiples formas y variantes históricas y actuales, tiene como característica definitoria el hecho de que crea una nueva circulación monetaria que se suma a la circulación de moneda metálica.

Cuando una letra de cambio circula de mano en mano, sirviendo como medio de pago aceptado comúnmente, lo que circula es simplemente una promesa de pago en metálico a un plazo dado; pero este metálico aún no existe. Por lo tanto, la letra de cambio no substituye a la moneda metálica, sino que se le añade a ella. Es un nuevo instrumento monetario el cual, además, no tiene ningún valor intrínseco dado que el único elemento que la sustenta es la confianza, ciertamente bien inmaterial, en que una vez transcurrido el plazo previsto para el pago, éste será efectivamente realizado.

Cuando un banco descuenta una letra pagándola en metálico, también este pago representa una creación monetaria, porque el banco, al avanzar este dinero, está utilizando depósitos de sus clientes. De esta forma, una única cantidad de moneda metálica figura en dos partidas: en la cuenta corriente de los depositantes y en manos del que ha cobrado la letra. Esta situación aparentemente anómala sólo desaparece una vez la letra ha sido hecha efectiva al vencimiento.

El banco asume el riesgo de que la letra no sea hecha efectiva, pero este riesgo no es excesivo siempre que la relación entre el total de depósitos realmente efectuados y el total de créditos concedidos se mantenga en unos límites prudentes.

La limitación evidente del papel crédito es la de estar ligado, en un periodo de tiempo muy preciso, a la moneda metálica concreta. La letra de cambio no es de duración ilimitada sino que el poder de compra que representa desaparece una vez ha llegado el vencimiento y ha sido hecha efectiva.

Esta limitación desaparece con la aparición del billete de banco. El billete de banco fue inventado en 1656 por Palmstruk, un banquero de Amsterdam. Consiste simplemente en un reconocimiento de deuda del banco que lo emite. El banco, en lugar de responder de sus obligaciones para con sus clientes entregándoles moneda metálica, la hace entregándoles billetes; documentos en los que el banco reconoce su deuda por una cantidad determinada de metal moneda. Estos billetes pueden convertirse, en el momento en que su poseedor lo desee, en moneda metálica.

7. El billete de banco inconvertible.

Finalmente, también el gold standard se mostró inadecuado para las necesidades de un mercado tan desarrollado como el del siglo XX. Con la nueva evolución del sistema monetario, los instrumentos monetarios llegarán a ser totalmente abstractos, totalmente desligados de cualquier valor concreto e intrínseco.

Durante el siglo XIX, los Bancos Centrales de los diferentes Estados fueron monopolizando la emisión de billetes de banco, los cuales llegaron a ser así de curso legal. Pero cada vez que a un Estado se le presentaban problemas de tipo político o utilitario -crisis de producción, guerras, revoluciones...- y tenía que atender más gastos, este Estado se veía en la necesidad de emitir más y más billetes, hasta que llegaba la inevitable crisis de confianza. Todas las personas deseaban convertir sus billetes en metal y el único recurso que le quedaba a ese Estado era de declarar el curso forzoso de los billetes, lo cual significaba la imposibilidad de convertirlos en metal precioso. Solamente cuando la situación volvía a la normalidad podía restablecerse la convertibilidad.

Es necesario señalar que un precedente importante de los billetes de banco inconvertibles se encuentra en el sistema Law (1.716-1.720), así como también en los asignados de la Revolución Francesa.

Durante la Primera Guerra Mundial, los enormes gastos bélicos provocaron el vacío casi total de las arcas de los Estados participantes. El oro de estos Estados «emigró» en gran parte a los Estados Unidos de América. Los billetes se emitieron en grandes cantidades y, evidentemente, se suprimió la convertibilidad.

A partir de entonces, los sistemas monetarios del «mundo civilizado» se han caracterizado por la inconvertibilidad de los billetes de banco. Después de la guerra, algunos países intentaron restaurar una parcial convertibilidad, pero la crisis de 1.929 puso fin definitivamente a la cuestión.

De manera que el sistema monetario surgido de la Primera Guerra Mundial se basa en el abandono de la moneda metálica por lo que hace a las relaciones utilitarias en el interior de cada Estado. En las relaciones internacionales se mantiene el papel del oro, pero sólo hasta 1.971, año en que el presidente Nixon desligó el dolar del oro y denunció unilateralmente los acuerdos de Bretton Woods, establecidos el año 1.944.

El predominio del billete de banco inconvertible, que para mayor comodidad denominaremos papel moneda, es el rasgo característico de la nueva etapa monetaria. Este papel moneda, el mismo que circula todavía en nuestros días, ya no tiene nada que ver con el oro, ni con ningún metal ni mercancía concreta. No representa ninguna cantidad de oro, ni puede ser convertible en él.

¿Cuál es entonces la naturaleza del papel moneda?. ¿Cuál es su fundamento?. El papel moneda se basa sencillamente, en la convención social que ha hecho de él el instrumento necesario de los actos de intercambio mercantil y en la confianza que se le hace, en tanto que instrumento que cumple adecuadamente su función. Por lo tanto su naturaleza es radicalmente auxiliar-abstracta. Su valor es el de un instrumento que nos ayuda en la contabilidad e intercambio de las mercancías concretas; se trata de un valor auxiliar y abstracto, y no de un valor intrínseco y concreto: éste sólo puede ser detentado por las mercancías concretas. El sistema monetario ha vuelto, finalmente, a su fundamental naturaleza primitiva.

8. Referencias bibliográficas de este capitulo.

  1. En referencia al trueque ante-monetario y a las relaciones de intercambio utilitario entre los cazadores-recolectores,
    • Sahlins, M.: Economía de la Edad de Piedra.
  2. En referencia a las unidades monetarias abstractas entre los pueblos primitivos,
    • Godelier, M.: Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas. (capítulo IX), Madrid, S. XXI, 1978.
    • Firth, R. (compilador): Temas de antropología económica, (El racionamiento primitivo, por Mary Douglas). Méjico, Fondo de Cultura Económica 1974. (Ed. original 1967).
    • Herskovits, M.J.: Antropología económica (capítulo XI, Dinero y riqueza) Méjico, Fondo de Cultura Económica.
  3. En referencia a las unidades monetarias abstractas entre las civilizaciones antiguas,
    • Finley, M.I.: El mundo de Odiseo, (capítulo IV: Riqueza y trabajo) Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1980. (Ed. original 1954).
    • Carlton, E.: Ideology and social order, (páginas 136-137), London, Routledge & Kegan Paul, 1977.
    • Klima, J.: Sociedad y cultura en la Antigua Mesopotamia (capítulo X, Comercio y crédito), Akal 1980 (Ed. original 1964).
    • Polanyl, K. y otros: Comercio y mercado en los imperios antiguos, Barcelona, Editorial Labor 1976.
  4. En referencia al sistema de contabilidad y las bullae en el Asia Sudoccidental,
    • Schmandt-Besserat, Denise: El primer antecedente de la escritura, en Investigación y Ciencia, número 23, agosto 1978.
    • The Cambridge Encyclopedia of Archeology, Cambridge University Press, 1980.
  5. En referencia a la historia monetaria europea,
    • Daste, B.: La monnaie Vol. I. La monnaie et son histoire, Paris, Les Editions d'Organisations, 1976.

Notas:

1Todos los conocimientos referentes al desarrollo de este sistema de contabilidad los debemos a las investigaciones de Denise Schmandt-Besserat. Para la explicación nos serviremos de su artículo «El primer antecedente de la escritura», publicado en Investigación y Ciencia, número 23 (agosto de 1.978).
2En este caso se trata evidentemente de documentos pre-escriturales.

Capítulo 2. Los sistemas monetarios: elementos, naturaleza y funciones. Moneda telemática y estrategia de mercado. Índice. Moneda telemática y estrategia de mercado. Capítulo 4. El sistema monetario actual. Moneda telemática y estrategia de mercado.

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