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Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. 3. Utilización de la inteligencia lógica para abandonar los idealismos. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. Índice. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. 5. Objetivos fenoménicos para una sociedad libertaria y solidaria.

Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos.

4. Los ideales primigenios del hombre: la libertad, la solidaridad y el amor.

  1. La libertad.
  2. La solidaridad.
  3. El amor.
  4. Conclusión.

1. La libertad.

El primero y más inefable ideal, pero también el más noble, el más fuerte, perviviente y perconsciente, el más profundamente anclado en el hombre, el más incoercible de todos, el que está siempre y en todas partes presente en todas las personas -por bajo que eventualmente hayan caído por culpa de ellas mismas o, sobre-todo y generalmente, por culpa de los otros- es el de «la libertad».

La libertad es el hombre en toda su enorme complejidad corporal-anímica-espiritual; la «libertad» es la misma persona humana. Si hablando de cualquier hombre alguien hace abstracción de «la libertad», la expresión «persona» no tiene ningún significado concreto. El ideal de «la libertad», vive, pervive y persiste en cada persona singular.

Así como la palabra «libertad» corresponde al ideal mes profundo de cada persona, la palabra «libertaria» la reservamos a la «práctica de una libertad fenoménica utilitaria concreta», conseguida por los servidores de este ideal en función del progreso técnico realmente imperante a la cultura de cualquier comunidad étnica o ínter-étnica dentro de cualquier tipo de sociedad confederativa o/y federativa.

Cuando el ideal de «libertad» no se puede afirmar «libertariamente», es decir, fenoménicamente, a través de múltiples fenómenos concretos, cotidianos, exteriores a la persona, es porque se le oponen condicionamientos anti-libertarios de tipo material.

Ya hemos visto que entre estos condicionamientos de orden material, muchos son naturales, sea proveniente de la propia naturaleza corporal-anímica del hombre, sea proveniente del mundo exterior no humano. El hombre los ha de ir venciendo con su inteligencia. De esta victoria, siempre naciendo y renaciendo de un esfuerzo incesante, decimos «poder sobre las cosas». Pero si el hombre quiere que este «poder sobre las cosas» sea legítimo, altamente ético y no-autodestructivo, es necesario que no olvide nunca, en ninguna parte ni para nada, que él forma parte integrante de la «natura» y que hay de vivir en simbiosis armoniosa. El hombre primitivo esto lo sabe, y vive dentro la naturaleza ambiente con plenitud psicosomática-espiritual. Sólo durante los últimos 4500 años de furiosos y suicidas imperialismos (inter-imperialismos y intra- imperialismos), el hombre llamado «civilizado» ha ido, cada día más y peor, perdiendo de vista esta vitalmente necesaria y continúa osmosis con la ecología ambiente. Hace falta situar la ecología a modo de objetivo privilegiado de la potente economía que puede surgir de la estrategia fecunda de un mercado claro libertario y responsable.

Hay otros condicionante materiales muy rígidos y enormemente coercitivos que, durante estos 4500 últimos años de anti-civilización imperialista, han sido impuestos y continúan siendo impuestos a los pueblos, por unos muy sutiles «poderes establecidos» de unos pocos sobre y contra todos los otros miembros de cualquier sociedad geopolítica considerada. Todos estos ilegítimos «poderes sobre las personas» son radicalmente diferentes de los legítimos «poderes del hombre sobre las cosas».

El arte sutil de los que poseen toda forma de poder -durante esta era imperialista, históricamente bien documentada- ha sabido esconder este tan ilegítimo «poder sobre las personas» con grandes dogmas mentirosos. Son «poderes» cada día más ocultos, impersonalizados e irresponsables; se fundamentan en múltiples mecanismos anti-sociales, prácticamente imperceptibles. Estos mecanismos están basados en la multiplicación de pequeñas tiranías aparentemente objetivas-burocráticas y de estructuras de hetero-control o hetero-censura que desembocan fatalmente en la neurosis subjetiva de auto-control y autocensura por parte de muchas personas débiles de cuerpo, de carácter y de espíritu, que se vuelven y siguen así bárbaramente marginadas.

Todo este lío de poderes «legales» y «reales ocultos» se puede ir descabellando gracias a la operativa del «materialismo histórico», disciplina capaz de desenmascarar toda la acumulación de mentiras y hipocresías que explican una tan larga y hasta ahora vencedora, anti-civilización. Nuestro estudio versa, a la luz de esta operativa y disciplina, sobre los instrumentos tecnológicos- autopolíticos que el hombre actual puede emplear para luchar, con eficacia progresiva, en este doble frente:

  • De manera productiva-utilitaria, contra los condicionamientos naturales.
  • De manera social-libertaria contra los condicionamientos materiales históricos de los «poderes institucionalizados sobre las personas no inmensamente ricas y potentes».

El ideal de «libertad» es, repitámoslo, tan perviviente, perconsciente y persistente en cada persona que -si no se puede expresar libertariamente en el terreno de los fenómenos materiales-culturales, según el propio dinamismo espontáneo y expansivo de cada persona singular en la propia comunidad ética- tarde o temprano estalla en revuelta y violencia ciega, cuando la neurosis por tiranía y miedo se ha acumulado demasiado. Primero estalla en la intimidad profunda de cada persona, a cada instante de dura sumisión a unos condicionamientos materiales de los cuales no ve solución razonable; y mes tarde estalla en rebelión abierta, si los condicionantes materiales que se le oponen nacen de poderes ocultos de unos pocos contra todos los otros, y estos últimos consiguen sublevarse.

La neurosis «pasotista» habitual, la repentina e imprevisible violencia ciega, la eventual victoria salvaje o la represión despiadada -para volver a empezar como si nada no hubiera acontecido- son las tres fases consecutivas que caracterizan la era de la guerra, iniciada hace unos 13000 años, pero mucho más todavía durante el periodo imperialista, iniciado hace más de 4000 años con Sargón I de Akkad. Los imperialisrnos, que se inician siempre y por todas partes cara al exterior (inter-imperialismos), cuando fracasan en este primer intento, se giran contra sus propios pueblos (intra-imperialismos) y son mucho peores, porque ya no tienen razón de ser y lo saben.

Estos hechos de poder, consustanciales con toda violencia y guerra -tan bien documentados en todos los pueblos largamente tiranizados por los unos y por los otros- ahogan, sólo momentáneamente pero horriblemente, todos los ideales del hombre. Debido al poder nefasto, o por un miedo execrable, cada persona y cuanto más inteligente y culta peor- hace el terrible salto hacia una infra-animalidad innoble.

2. La solidaridad.

Históricamente, y mucho más todavía en nuestros tiempos, «los poderes establecidos sobre y contra las personas» se han ido volviendo materialmente mucho más fuertes que cualquier persona considerada aisladamente. Es por esto que hace falta potenciar la solidaridad.

El ideal de «solidaridad» parece ser tan viejo como el mismo espíritu del hombre. No se le puede confundir ni con el simple instinto nacional-gregoriano que caracteriza las especies animales de mamíferos superiores, ni, posiblemente, con el aumento del instinto genético de la especie humana, debido a la «indefensión» congénita en relación a todas las otras especies competidoras carniceras o herbívoras.

El ideal de «solidaridad» parece que nace directamente del espíritu peculiar a nuestra especie. Los prehistoriadores y etnógrafos señalan, según las hipótesis más probables en función de toda la documentación a nuestro alcance actual, que el «compartir1» toda la producción alimenticia-comunitaria entre todos los miembros de la comunidad, demuestra no sólo una característica singularísima del género Homo, sino que distingue todas las sub-especies homínidas que se han podido documentar hasta ahora, del resto de las otras especies de animales mamíferos superiores.

Este compartir equitativamente toda la comida producida y poseída por cada comunidad primitiva, en cada momento de la vida errante del grupo étnico y entre todos sus miembros sin excepciones ni privilegios, patentiza la más estrecha solidaridad nacional en el acto comunitario que rápidamente pasaría a ser el primer «sacramento» del endo-etnia ancestral de cazadores o/y pescadores: el banquete sagrado de toda la nación, solidaria de cada cual para todos y de todos para cada uno..

Como ya hemos dicho antes, esta primitiva «solidaridad comunitaria» se perdió con el inicio de las eras de la guerra y de los posteriores imperialismos.

Estos imperialismos se aguantan sólo por su progresivo afianzamiento despótico, tiránico, estatista, «burrocrático», policíaco, militarista, anti-económico, anti-político, anti-social y hipócritamente clasista, bajo el pretexto de la «lucha libre por la vida, de la libre competencia, de los méritos adquiridos, de los privilegios intocables, etc,...».

En realidad no se trata de «libre competencia», sino de un «libertinaje mercantilista irresponsable», manipulado por mecanismos sutiles, subterráneos, prácticamente casi secretos, muy poco estudiados históricamente y desconocidos por una gran mayoría -ella siempre tan ingenua, dócil, leal y respetuosa de la ley-. Este «libertinaje mercantilista irresponsable» mantiene el pueblo largamente y insolentemente engañado.

La pobre e ingenua rebelión íntima de las personas aisladas difícilmente puede explotar históricamente en movimientos libertariamente eficaces. Esto cada día se ve más claro frente a los estatismos modernos, tan omnipotentes que se autoidolatran en todos sus estamentos de «ciudadanos de primera» que son sus funcionarios.

Esta se la razón que explica que estos estatismos autoidolátricos mantengan sus «ciudadanos de segunda» en un formalitismo muy «liberal», inculta y manipulada insolidaridad individualista, colectivista, nacionalista... ideológica-fanática o o/y afectivológica-clasista.

Sólo puede ser posible un movimiento libertario eficaz cuando, en un pueblo más concienciado, sea factible un llamamiento, no sólo al «ideal de la libertad», sino también, al «ideal de una completa solidaridad de cada cual con todos y de todos con cada uno». Un llamamiento a una acción auto-política, estratégicamente bien estudiada y tácticamente bien resuelta, de no-violencia inteligente y activa, vencedora de la violencia institucionalizada en el estatismo actual (al servicio incondicional de los más ricos y poderosos, ocultos detrás el dinero anónimo y corruptor).

La estrategia de «no violencia activa y inteligente» indica que no se trata de inducir a las víctimas de los poderes actuales al odio ciego, a la venganza estúpida y generalmente injusta, a un nuevo poder clasista peor que el actual por contrario que le sea, a un anti-poder revengador tan homicida y suicida como la tiranía tradicional que quiere vencer; por el único camino, ideológicamente tan celebrado, de la violencia inútil y, de antemano, vencida, si los traidores o/y cómplices de siempre no se amparan para su agosto particular.

Es necesario empezar por aclarar la realidad histórica global del hombre en sus condicionamientos naturales, sean físicos-inertes, sean biofísicos propios y ambientales.

Por lo tanto, se trata de estimular en cada etnia (nación con ética propia) y inter-etnia, el cultivo de su espíritu ético, radicalmente libre y solidario, de dónde puede brotar el afán para transformar solidariamente y libertaria la realidad. Hace falta estimular también el cultivo de la total inteligencia humana, en todas sus facetas «de inteligencia natural» (a la vez «noüménica» y «fenoménica») y «de inteligencia artificial» («lógica-científica»).

Es esta «inteligencia artificial» que se debe poner al servicio de una llamada libertaria-solidaria, cara al dominio eficaz de todos los condicionamientos «infra-animales» exteriores impuestos a la persona (poder, violencia, guerra, miseria, hambre, marginación...), sea por la naturaleza no humana, sea por los artificios antisociales de poder sobre y contra las personas.

Es necesario comprender a fondo que estos condicionamientos artificiosos sobre y contra las personas, son obra del mismo y solo hombre en su evolución total, tan llena de aciertos y errores, de virtudes excelsas y de crímenes degradantes, de sociedades libertarias y de imperialismos tiránicos.

3. El amor.

En el hombre, indefinidamente evolutivo en todas las áreas de su espíritu y de su inteligencia, hay innumerables impulsos éticos, innumerables ideales y vocaciones -radicalmente inefables- que buscan incansablemente, en sana locura trascendente, a manifestarse fenómenicamente; traduciéndose y traicionándose juntamente en la área de creatividad existencial, más o menos dominada por la materia inerte o viviente y más o menos dominadora de la materia. Y esto al servicio incondicional de la libertad y solidaridad íntima de cada persona, al servicio de las libertades y solidaridades concretas de todas las personas.

Pero ahora y aquí, sólo pretendemos concretar los ideales energéticamente más necesarios para una lucha victoriosa contra «los poderes establecidos sobre y contra las personas». Hace falta destruir radicalmente todos estos poderes, pero respetando amorosamente, libremente, solidariamente, completamente los poderosos actuales, en cuanto que son tan personas como quienes sufren su opresión.

Trataremos pues, muy sucintamente, del último ideal del hombre, tanto en los tiempos históricos como en la excelsitud del espíritu; a medida que va surgiendo en nuestro ser, se va volviendo el primero, porque en él condensa todos nuestros ideales más bellos y más puros, a la vez que los supera todos: el amor.

El amor toma numerosísimas formas fenoménicas según la persona querida, más que según la persona que quiere activamente. Pero el amor, como donación de si mismo y no como exigencia de la donación del otro, no pide reciprocidad interpersonal. Pero hace falta añadir que ayuda mucho a su «verdad» que las personas, «amadas y amador», sean «dos verdades activas juntas».

Este ideal de amor es el que ha sido vivido y proclamado de manera especialmente intensa por todas aquellas personas que han reunido a su alrededor grupos de discípulos que los han reconocido un papel de «maestro». Normalmente los «maestros» han utilizado el lenguaje de la poesía simbólica como único camino posible para comunicar esta realidad «noüménica» que ellos vivían intensamente. Las obras de amor gratuitas que han pedido a sus discípulos entran ya al campo fenoménico; son el medio privilegiado para hacer transparente y mensurable el ideal de amor que sintetiza la esencia mas profunda del hombre.

4. Conclusión.

Sin estos ideales el hombre no es persona. Cuanto más inteligente y cultivado sea el ser humano que prescinde -más o menos conscientemente- de sus ideales más primigenios, más se irá volviendo infra-animal. Y prescindirá más en la medida de su parasitismo o conformismo a los condicionamientos de los ilegítimos «poderes establecidos sobre y contra las personas».En evadirse con «idealismos y estériles discursos ideológicos y afectivològicos», prefabricados para él por otro, cualquier ser humano prescinde así de los ideales más originarios de su espíritu profundo, y se acostumbra tanto a su infraanimalidad que, a menudo, llega a hacerse superficialmente inconsciente. Cuando una persona ha abandonado así toda vida interior no hay, a menudo, nada a hacer para hacerle abandonar sus intolerancias, sus fanatismos, su crueldad, -ordinariamente ejercida sin la más pequeña vacilación y en nombre del deber de estado propio-, sus corporaciones cerradas y monopo-lísticas, su clasismo tan hipócrita como estúpido...; se ha instalado en un «fariseísmo de buena ley» y acaba por creérselo.

Los «idealistas» que sustituyen sus ideales primigenios por el culto idolátrico de los poderes históricamente establecidos -o a establecer revolucionariamente- sobre y contra las personas, se ponen también de manifiesto por la siguiente característica: así como los ideales originarios son tan inefables que incluso a los más grandes poetas les cuesta mucho plasmarlos en imágenes fenoménicas análogas (parábolas), los partidarios del poder «charlan por los codos» o escuchan embobados inacabables discursos verbalistas, ideológicos o afectivológicos, sobre sus idealismos hoy en día tan anacrónicos: la patria (financiera), la internacionalismo (más financiero todavía), la religión o anti-religión (oficial) que permite controlar el pueblo, a la violencia ciega como motor reaccionario o revolucionario de la historia, el militarismo como única religión terrestre, la guerra como única fuente de grandeza y heroicidad para el hombre corriente que se envía al frente como carne de cañón, el trabajo asalariado como único instrumento de dignificación del hombre vulgar, la separación de las mujeres por la virtud o por el vicio (reaccionario o revolucionario, según quien charla y según quien escucha) en mujeres «honradas» y mujeres «publicas», el Estado como fuente de felicidad para todos, etc, etc...

Una tal evasión fuera y contra del más profundo de si mismo, por cínico egoísmo o por inconsciente imbecilidad, puede durar más o menos; pero, tarde o temprano, desemboca en la propia destrucción o en una dolorosísima revuelta íntima contra la propia infraanimalidad, de tanto tiempo acumulada.

En este último caso, implica la más difícil de las «conversiones», pero también la de mayor joya y paz íntima: «la conversión en el espíritu».

Todas las «conversiones» son «cambios -mas o menos exitosos o desastrosos-de frente». Pero, en el caso de la infraanimalidad acumulada por egoísmo del propio poder o por complicidad parasitaria al poder de otros, es la única posibilidad para los que, finalmente, toman conciencia de su indignidad por el ataque íntimo que hacen al propio ser profundo. Hacen ver que se ríen de todas estos cuentos, pero la procesión va por dentro. Son indignas de ser hombres, pero son hombres.


Nota:

1Compartir. Ver «La formación de la humanidad» de Richard Leakey. Ed. del Serbal, S.A. Barcelona, 1981. Pags. 91-97.

Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. 3. Utilización de la inteligencia lógica para abandonar los idealismos. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. Índice. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. 5. Objetivos fenoménicos para una sociedad libertaria y solidaria.

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