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Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. Introducción. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. Índice. Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos. 2. Condicionamientos fenoménicos de la plenitud humana.

Ideales éticos, instrumentos técnicos y objetivos políticos.

1. Ideales éticos y fenómenos técnicos (noúmenos y fenómenos).

  1. Introducción.
  2. El espíritu creativo del hombre.
  3. Distinción radical entre «ideales» y «fenómenos».
  4. Los fenómenos: apariencias sensibles observadas.
  5. Los «noúmenos» inefables.

1. Introducción.

El problema primordial a resolver, de las tan mal denominadas «ciencias humanas», es la dinámica entre «ideales éticos-trascendentes» y «instrumentos fenoménicos-técnicos»; o sea, entre «los fines que el hombre se propone en su puro espíritu» y «los medios culturales que necesita ir inventando para realizar técnicamente, en el exclusivo campo de los fenómenos, estos altos propósitos».

Por el momento hace falta afirmar que todos los instrumentos denominados «económicos» y «políticos» son exclusivamente fenómenos culturales-técnicos, por más que corrientemente se los quiera «ideologizar».

2. El espíritu creativo del hombre.

Aquello que parece definir la aparición de la especie humana no es sólo su indudable origen animal, sino su origen trans-animal, que podemos denominar «espiritual». Hace falta reconocer, pero, que de el espíritu de los homínidos primitivos no sabemos nada si no es por la interpretación hipotética de los documentos arqueológicos actualmente a nuestro alcance.

Sea cómo sea, lo que distingue más y mejor el hombre, de todas las otras especies animales, es su capacidad transanimal, espiritual y creativa, de tener ideales trascendentes a su condición material bio-física y cultural-étnica de cada momento, y de ir concretando este ideales en fenómenos adecuados. De esta concreción fenoménica creativa de los ideales, largamente acariciados generación tras generación, se dice «técnica». La técnica, así concebida, es tan antigua como el mismo hombre y allá dónde hay «técnica», por más empírica que sea, hay el hombre.

El progreso técnico en función de los ideales, es el único camino realmente ofrecido al hombre para dominar la materia fenoménica. Esto, pero, en armonía con toda la natura ambiente, de la que él es sólo un elemento, siempre, por todas partes y en todo, muy humilde, aunque decisivo.

Hace falta ahora, quizás, una aclaración. Entendemos por «ética» aquello que proviene del ser en toda su plenitud de vida; la expresión más alta del espíritu trascendente del hombre a partir de su cuerpo animado. Por el contrario, entendemos por «moral» una serie de modas, medidas y hechos sociales-culturales exclusivamente fenoménicos.

La ética es, pues, la fuente trascendente de las costumbres fenoménicas, el conjunto de los cuales es la moral.

3. Distinción radical entre «ideales» y «fenómenos».

La distinción entre «ideales» y «fenómenos» no significa que el hombre pueda ser fácilmente analizado «ontológicamente», sino todo el contrario. Podemos decir que «ideales» y «fenómenos» son en el hombre, nociones empíricas, generadas en su espíritu creativo. De este espíritu creativo, pero, en la actualidad todavía sabemos muy poco: sólo sabemos intuitivamente que es la realidad más concreta y específica del hombre.

Ahora bien, esta distinción nos permite delimitar el campo respectivo de los «ideales» y de los «fenómenos», condición esencial porque nuestros contemporáneos no traten «ideológicamente» los fenómenos, ni «fenomenológicamente» los ideales. Si sabemos distinguirlos, ya no intentaremos nunca más de tratar con «lógica» los ideales libres y singulares de cada persona, ni de afrontar los problemas concretos fenoménicos con «idealismos».

4. Los fenómenos: apariencias sensibles observadas.

Los «fenómenos» son «hechos» y «objetos» sensibles a cualquier animal. Etimológicamente son «apariencias sensibles».

Un «hecho» -cambio de estado de un objeto - es generalmente más fácilmente e inmediatamente detectable por la inteligencia de los sentidos corporales-anímicos, que «el objeto». El ejemplo más clásico es el del gusto de los alimentos: gusto de azúcar, gusto de sal... El gusto de azúcar, por ejemplo, se capta mucho antes que no la síntesis de identidad del azúcar diluido en una fruta.

El proceso de captación sensible de fenómenos nos lo refortalece el estudio de las especies animales superiores. Estas son de más fácil experimentación que las otras especies, cara a un estudio serio psicosomático sobre el proceso de captación fenoménica. Al estudiar cada individuo de cuerpo animado bien definido o cada rebaño gregario, comprobamos que los «fenómenos» son «relaciones» entre el sujeto activo observador y un «hecho u objeto» exterior a él observado: son relaciones existenciales ambientes.

A través de un lento aprendizaje y de un trabajo cerebralmente observativo-in-terpretativo, «los fenómenos exteriores» captados por cada animal como simples sensaciones puntuales, se transforman en percepciones organizadas; estas se vuelven, al menor impulso, recordaciones frecuentes. Se producen imaginaciones repentinas y desordenadas, soñaciones y, finalmente, todo este conjunto desemboca en «evidencias o visiones del mundo exterior».

De cualquier animal superior -incluso de los más y mejor domesticados, tan próximos a nosotros- no sabemos nada más, porque, hasta ahora, no hemos encontrado lenguaje común con ellos que les permita de comunicarnos sus vidas interiores, si es que estas insisten en ellos.

Con respecto al hombre, dispone de dos tipos de observación. Estas dos vertientes observativas del hombre, netamente diferentes son, pero, esencialmente complementarias dentro de una complejidad creativa muy difícil de captar y delimitar:

  1. La exo-observación: observación del mundo exterior, existencial, existente... Se dice generalmente «observación»: conservar todo el que está delante (de uno mismo).
  2. La endo-observación: observación del mundo insistencial, insistente... de cada persona singular, hecha por ella misma en una auto-reflexión que adopta todos los grados de conciencia. Se la denomina corrientemente «intro-spección».

Tanto el mundo exterior como el interior no dejan de ser un «caos» torrencial de hechos (caos objetivo), dónde el hombre va probando de crear su propia deseada armonía subjetiva (cosmos). En resumen podemos decir que el «mundo» = «caos observado + cosmos deseado» = «caos - cosmos».

Retomemos más a fondo los dos tipos de observación:

A. Observación del mundo exterior, exclusivamente fenoménico.

La observación del mundo exterior sólo puede captar «fenómenos», es decir, «apariencias sensibles». Los fenómenos son captables por todos los sentidos, pero de entre todos los sentidos la vista tiene una importancia decisiva. Esta apreciación la confirma el hecho que muchos términos de origen griego y latino (evidencia, intuición, idea, opinión...), relacionados con la captación o expresión de los fenómenos, están formados por palabras (videre, optikos) claramente relacionadas con el sentido de la vista, como sentido que capta la luz, que realiza la inteligencia. Así la luz y la visión en el proceso de observación externa hacen la simbiosis de:

  • la captación sensitiva
  • la inteligencia animal
  • la inteligencia trans-animal del hombre
  • la comprensión o conocimientos por los lenguajes (emociones psico- somáticas, gestos, imitativa, mímica...; rítmica, danza, canto, música...; artesanías y bellas artes; palabra, verbo, logos, idioma étnico...).
  • la « inteligencia artificial o cognitiva, que sólo puede abarcar los fenómenos con una cierta eficacia instrumental-abstraccionista- reduccionista inerta.

Ahora bien, hace falta insistir que toda observación del mundo exterior es muy limitada si no tiene en cuenta las múltiples simbiosis e interpretaciones internas que la evolución de la total inteligencia humana ha ido y continúa inventando. Si observamos, ponemos por caso, un bastón introducido al agua, el fenómeno que captamos es que el bastón se tuerce. A copia de numerosas simbiosis internas se puede llegar a descubrir que hay un fenómeno óptico causante del aparente bastón torcido. «Las apariencias, a menudo, engañan». La tarea del hombre, en este campo, es ir descubriendo la realidad exacta de los fenómenos, más allá de apariencias consideradas reales, que no hacen sino deformar nuestra visión del mundo.

Los fenómenos exo-observados en el hombre se van concretando en:

  • Evidencias «animales-sensitivas» (corporales-anímicas).
  • Nociones trans-animales, complementarias o simbólicas de las anteriores, denominadas intuiciones, es decir, de visión interna.

B. La introspección.

La introspección capta, al mismo tiempo, fenómenos internos a la persona que se auto-refleja en su conciencia (esta auto-reflexión es educable en diferentes grados gracias a múltiplos técnicas, de concentración, meditación, ioga, zen...), y «noúmenos», término que empleamos para designar «nociones en espíritu puro».

a) Los fenómenos introspectivos.

Los fenómenos introspectivos se inscriben exclusivamente en el tiempo subjetivo personal, y no en el espacio como los fenómenos exteriores. Fuera del propio ser psico-somático-espiritual dónde se dan, y por el cual son captados, no tienen ninguna relación directa con el espacio fenoménico exterior. Su objeto y hecho concreto está en la natura interna de cada persona.

Podemos distinguir dos tipos de fenómenos introspectivos:

Los fenómenos psico-somáticos. Son fruto de una compleja y larga autorreflexión en y para cada persona considerada. Siguen el curso inverso de la captación fenoménica exterior. Si ésta partía de las evidencias hasta generar intuiciones, la introspección capta intuiciones que se convierten en evidencias.

Los fenómenos generados en el espíritu. Están radicalmente desatados de toda relación, que no sea de estímulo ocasional, con el mundo exterior. Son la genera-ció fenoménica interior sentida decís «noúmenos o ideales1».

Después de lo que hemos dicho sobre los fenómenos, hace falta captar que todas las nociones fenoménicas pueden ser generalizadas, ser objeto de distinciones, de ideas y opiniones, etc. Ahora bien, estas generalizaciones, distinciones, ideas y opiniones suelen ser mas subjetivas que objetivas y, en la misma proporción de su subjetividad, no pueden ser tratables como «simples objetos lógicos».

b) Los «noúmenos o ideales».

Hemos visto como «las nociones y empirias fenoménicas» pueden ser expresadas verbalmente y simbólica cada día más y mejor, ya sean de origen psico-somático (externo o interno) o de origen puramente interno espiritual.

Caso bien diferente son «las nociones y empírias noümenicas», puesto que estas hacen gratuitamente el salto trascendente mes allá del horizonte fenoménico. En cuanto que inefables, su descripción es imposible; sólo podemos acercarnos por analogía. Podemos decir que son la más concreta, primitiva, inaprensible, original y originaria realidad y creatividad trans-animal del hombre como especie. Son tan singulares, irrepetibles, incomunicables como cada persona misma. En la perconciencia profunda de cada persona los «noúmenos» se abren sorpresivamente... fuera de todo control, fuera de toda censura, fuera de todo miedo y de toda tragedia, con estímulo o sin estímulo fenoménico.

Podemos decir que son la alegría y la felicidad íntima en sí mismas, inexplicables pero reales, para toda persona que se escucha en introspección, autorreflexión, meditación y admiración íntimas o, aun, si ni se escucha ni se quiere escuchar. En el mundo fenoménico, hay todas las emociones, satisfacciones, deseos, placeres, etc., que se quieran imaginar y analizar, además de comprobar. Pero la alegría y la felicidad del propio ser no depende directamente del mundo fenoménico: es otra realidad, otro mundo, si bien hace falta insistir que la persona es un todo inextricablemente complejo e interconectado. Es así que todos los fenómenos favorables pueden ayudar a la alegría y la felicidad de la persona, pero no son su ser, mientras que alegría y felicidad profundas podemos decir que son el ser alegre y feliz en sí mismo, trascendentalmente abierto a su propio amor, al de los otras o/y al del Otro, totalmente desconocido, pero tan profundamente próximo y causa de la libertad total.

5. Los «noúmenos» inefables.

El término «noúmeno» es un neologismo kantiano que precisa la diferencia entre los «ideales» y los «fenómenos», tan insistenciales como existenciales. Etimo-lógicamente los «noúmenos» son «unas nociones en espíritu puro», propias a cada persona singular, siempre nacientes y renacientes en su intimidad más profunda, de manera fulgurante, inesperada y permanentemente sorpresiva. Con una introspección mas atenta descubrimos que son empíricas muy personales, pero radicalmente inefables, incomunicables, sin posible expresión formal directa. Sólo en ciertos casos ancestrales, atados a etnias y sociedades más que a los individuos, han recibido un tratamiento mágico-poético, que ha ido desembocando en algunas palabras-claves, simbólicas-análogas, en cada idioma nacional. Hace falta recordar, pero, que estas palabras son exclusivamente símbolos poéticos, translaticias, análogas... Son, en definitiva, parábolas que revisten el «noúmeno», constantemente traducido y traicionado, bajo forma de fenómenos que todo el mundo pueda aceptar fácilmente.

La consecuencia inmediata de lo que acabamos de decir es que, por carencia total de forma, «los noúmenos» son inconceptualizables, inanalizables, e irreductibles a cualquier tentativa de generalización, medida o/y experimentación indefinidamente repetida para la confirmación o/y refutación de cualquier teoría. Es decir: «los noúmenos» no son sometibles a la lógica científica, mientras que todos los fenómenos sí que son tratables lógicamente y experimentalmente.

Además de no poder revestirse de formas expresivas por causa de su inefabilidad racional, los noúmenos son tan singulares y tan irrepetibles como la misma persona que los genera. Fallan, pues, dos condiciones básicas de la «ciencia»: que aquello que se estudia sea definible en su forma concreta-empírica, y que sea repetible indefinidamente con estadísticas experimentales.

Este concierto «espiritual-noúmeno» de todo el hombre a lo largo de toda su evolución cultural, es una realidad empírica concreta que se no puede limitar a los «fenómenos introspectivos» ni confundirla con ellos. Es una realidad tan concreta e insoslayable como el mismo empirismo material-fenoménico, del cual nadie, con un mínimo de cordura, no duda.

Cualquier «materialista» sabe que «los misterios de la materia» son de aprehensión y comprensión fenoménica mucho más difícil, mediata y larga que no los «misterios del espíritu».

El espíritu se impone a la conciencia de cada persona independientemente de su conducta, de sus denegaciones, prejuicios, fanatismos... de sus religiones o antireligiones igualmente fanáticas. El espíritu de comunión, coparticipación o corresponsabilidad con todos los otros hombres pasados, presentes y futuros es resentido fulgurantemente, y en los momentos más inesperados, por cualquier materialista acérrimo, (y conste que consideramos el materialismo histórico como una de las operativas más eficaces para perforar el misterio del hombre total), que sabe perfectamente, en su más profunda y íntima libre conciencia, que este espíritu es su realidad mas concreta, personalísima e inmediata, pese a que no tenga instrumentos captores para estudiarla y expresarla. La trascendencia ética no es el monopolio de ninguna religión. La elevación de cualquier espíritu libre es la gran victoria de los no-religiosos y ateos sinceros (y conste que se puede escribir esto siendo, por ejemplo, un cristiano convencido). Hace falta ser muy «idealista», según la moda racionalista tradicional, para negar estas dos realidades, las fenoménicas y las noümènicas, empíricamente impuestas a nuestra inteligencia total. AL hombre no le queda otro remedio que aceptarlas, si quiere ser sincero con él mismo, fuera de todo apriorismo por ideas mal dirigidas (ideológicas) o/y intereses y pasiones clasistas (afectivo lógicas).

Los «ideales» son «noúmenos», pero lo son en el sentido cultural-histórico. Han sido largamente investigados desde tiempos inmemoriales por procedimientos mágicos primitivos, procedimientos enormemente diferentes de los de la lógica. Así, los «ideales» han ido recibiendo una cierta expresión verbal-simbólica-análoga. El omniracionalismo histórico, pese a su innegable ingeniosidad dialéctica y también literaria, ha hecho degenerar esta expresión simbólica-análoga de los ideales en un verbalismo vacío de realidades empíricas-concretas, el cual es de una gran inanidad humanista y de una mayor ineficiencia fenoménica. Por ejemplo: «la libertad» se un término análoga, inventado por la magia más primitiva para designar «el noúmeno o ideal más originario y original en cada hombre y en todos los hombres». Ahora bien, la «libertad noüménica» no puede ser confundida con cualquier fenómeno libertario, ni aun anti-libertario o allibertario . Proclamar la «libertad sin fenómenos concretos libertarios es una actitud tan perjudicial como querer tratar «la libertad» científicamente.

Para una mayor comprensión del tema podemos sustituir el neologismo «noúmenos» por el término técnico «ideales». Pero hace falta tener presente que esta sustitución es una reducción de la inconmensurable área nouménica a algunos noúmenos privilegiados por las culturas mágicas más primitivas: cometemos la incorrección de tomar una parte («los ideales» en su aceptación corriente) por el todo («los noúmenos» en toda su real y potencial energía, tan sorpresiva, en toda persona).

Es en este sentido que debemos considerar «los ideales», igualmente nacientes y renacientes en la intimidad más profunda del espíritu de cada persona. Son, tirando por lo bajo, no-fenoménicos; a menudo son radicalmente anti-fenoménicos, es decir, con una vocación personal incoercible de modificar los fenómenos que se oponen a su realización práctica, libertaria, a favor de todos los hombres. Este «a favor de todos los hombres» es real, pese a que a menudo quede reducido verbalmente a la sola mujer o al solo esposo, a los propios hijos, a la propia patria, etc. Este empuje que «el ideal» genera en la persona para modificar los fenómenos que se oponen a su acoplamiento, no se para aunque la realización sea a plazo más largo que la propia vida. La propia rabia y el arrebato que lo asaltan de un solo golpe, incluso con riesgo de la propia muerte violenta por hechos naturales o por hechos sociales de tiranía-despotismo, son inconmensurablemente más grandes y fuertes que la minúscula persona (individual, colectiva, étnica) que se quiere oponer.


Nota:

1La fenomenológica de Hüsserl ha puesto en claro este carácter fenoménico interno de la eclosión del «noúmeno» inefable de Kant.

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