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Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

Capítulo 11. Dar la cara. El poder del dinero. Índice. El poder del dinero. Capítulo 13. Agilidad y exactitud. El poder del dinero.

Capítulo 12. De la arcilla al silicio, -pasando por el oro y el papel-.

Las civilizaciones de la arcilla usaron ésta para un sistema contable monetario personalizado e informativo (¿elemento de una amplia pacificación entre ciudades?). Las civilizaciones de los metales los usaron para facilitar y agilizar los intercambios y el imperialismo guerrero y corruptor. La civilización del papel lo ha usado para dominar los mercados y los pueblos. La civilización de la electrónica la está usando para la especulación monetaria planetaria y para asegurar el control de las poblaciones.

Las civilizaciones de la arcilla (consideradas todavía «prehistoria») gozaron probablemente de una cierta paz entre ellas mientras dispusieron, curiosamente, de un sistema monetario personalizado e informativo.

Es, precisamente, con la introducción y dominio de los metales (como moneda y como arma) que comienza la historia oficial: las ciudades, hasta aquel momento independientes, se sometieron a los imperialismos históricos, presentes hasta nuestros días.

El papel introdujo mayor refinamiento en el proceso de explotación monetaria y en el crecimiento de los mercados. El papel de los banqueros comienza a ser determinante en la economía, la paz y la guerra.

Con el dinero electrónico las fronteras de los estados han perdido sus defensas. Desde cualquier despacho, unas cuantas personas mueven los hilos del dinero y, con ellos, a los títeres de la política, de la producción, del consumo, de la inversión...

Cada civilización tiene, entre las cosas que la distinguen de otras, algunos materiales, herramientas, instrumentos, inventos... que podemos, visto en perspectiva, escoger como distintivos de su cultura.

Para la civilización occidental, la «Historia» comienza hace unos 4500 años con la aparición de la escritura (en las tablillas de Sumer). Pero resulta que, incluso utilizando este criterio de la escritura como elemento constituyente de la Historia, hemos visto que durante casi 7000 años existieron unas culturas que ya consignaban información gráfica en arcilla (capítulo 10). Estos 7000 años de uso de un mismo sistema de información en lugares muy alejados entre sí y en la totalidad del espacio en proceso de civilización (construcción de ciudades) son, mirado fríamente, un inmenso enigma que cuestiona las «maravillas» de nuestra Historia.

¿Qué más sabemos de este largo período en que se van poniendo las bases de la agricultura, del mercado, de la moneda, de la artesanía, de las ciudades, de la banca, de los templos, del Estado...?.

En una tierra fértil, próxima a grandes ríos, las comunidades étnicas y las colectividades interétnicas se volvieron sedentarias, fueron mejorando sus cultivos y empezaron a usar algunos instrumentos para organizar la producción y el comercio, en su doble vertiente, en el interior de cada asentamiento -posiblemente compartiendo y con un incipiente intercambio- y entre asentamientos -con intercambio y creciente control contable.

Éste es un elemento importante. El intercambio de productos no es necesario cuando existe propiedad comunitaria. Pero ésta sólo es posible en comunidades unidas étnicamente, por sangre, cultura y mitos comunes. Cuando se pierde esta confianza y aparecen propiedades comunitarias o colectivas diferenciadas, surge, necesariamente, el intercambio entre ellas. Estos primeros asentamientos estaban formados por pequeñas interetnias -dos o tres etnias que se unían para cultivar, construir y protegerse del exterior. Es muy posible que la protección tomara forma en la edificación de muros, convertidos progresivamente en murallas inexpugnables a medida que los asentamientos se iban convirtiendo en ricas ciudades pluriétnicas, con menos confianza hacia el interior y con más peligros exteriores. Los muros fueron un instrumento de defensa muy eficaz. Tanto que, posiblemente, se consiguió un gran período de algunos miles de años de pacificación entre ciudades. Cada una independiente, celosa de su autonomía y con defensa asegurada, durante el día, abría las puertas a los comerciantes que llegaban con las caravanas y a los extranjeros de otras ciudades. En la plaza del mercado se hacían las transacciones comerciales que se registraban en la contabilidad del templo. Por la noche, a los forasteros se les obligaba a abandonar la ciudad. Sin ningún tipo de reglas de juego «pacificadoras» -fruto de unos mecanismos defensivos no ofensivos-, parece que no hubiera sido muy viable la implantación de un sistema informativo como el de las fichas, que alcanzó durante miles de años tanta estabilidad y aceptación y que, al mismo tiempo, reforzaba la seguridad y la defensa económica.

Para continuar el hipotético relato debemos hacer una distinción muy importante. Aunque los términos «imperio» e «imperialismo» son tomados comúnmente como sinónimos, proponemos distinguirlos. A estas ciudades las llamaremos «ciudades-imperio», en el sentido de que su pacto interno de constitución estaba hecho libremente entre las etnias e interetnias que lo acordaban. La ciudad-imperio buscaba una defensa exterior común («imparare»), que permitiese el libre juego y la ayuda entre las etnias en su interior.

La «Historia oficial» comienza con la escritura sumeria, pero comienza, también, con una situación bastante diferente a la descrita hasta ahora. Es la situación que, por contraste, podemos denominar «imperialismo»: una de las ciudades consiguió someter a las demás y mantenerlas, por derecho de conquista, bajo su dominio. Si a los imperialismos históricos los llamamos «imperios» la confusión es, además de terrible, sospechosamente mantenida por los imperialismos. Estos, apoyados en la historia oficial, quieren negar la legitimidad histórica de todo libre pacto de ayuda mutua entre etnias. A los imperialistas les interesa resaltar que «las ciudades» son inviables, que sólo la «unificación» da fuerza y que ésta debe ser llevada a cabo por la imposición de una de las etnias o de una de las ciudades o de los estados... ¡como la historia lo muestra largamente!.

Pues bien, la historia no empieza tan sólo con la aparición de la escritura, sino también con una «nueva» realidad: el imperialismo. Y con él, las guerras expansionistas, anexionadoras y dominadoras. Inexplicablemente, de repente, los semitas más antiguos que conocemos llamados acadios, que se habían ido introduciendo en la cultura y en los territorios de los sumerios desde hacía algún tiempo, desestabilizaronn las ciudades-imperio. Sargón -de Akkad- el Grande, constituyó el primer imperialismo de la historia, destruyó el antiguo orden e instauró el nacimiento de la «historia de los imperialismos», la única que hemos considerado hasta ahora como tal. ¡La historia de las «ciudades-imperio», libres e independientes, son prehistoria! No tienen casi nada en común. Aquella era otra historia que no interesaba a los historiadores de los imperialismos ni siquiera nombrar. El paraíso del Edén se ha perdido y bien perdido. Es un mito para criaturas. El hombre histórico y civilizado «es» como «es» y siempre ha sido así.

¡La biografía de Sargón el Grande es muy ilustrativa y, como veremos, original! ya que «era de origen humilde y fue abandonado por su madre en el Eúfrates1». Recogido por la corte del rey sumerio se convirtió en su copero. Más tarde «se rebeló contra él, tomó el poder y fundó una nueva capital, llamada Akkad. Ejemplo claro de monarca guerrero, conquistador y fundador de imperios (¡imperialismos!), decidido a unificar Mesopotamia». Conquistó y sometió a la mayoría de ciudades desde «el Golfo Pérsico, en el sur, hasta la región ocupada por Asiria más tarde, en el norte. Por el SE llegó hasta Elam... penetró en el norte de Siria y quizá también en Asia Menor». Una perfecta descripción de lo que es la aparición del imperialismo y de la historia oficial.

Sobre estos hechos planea un gran interrogante: qué sucedió para que este rey acadio consiguiera someter a aquellas «ciudades» que durante 7000 años habían permanecido independientes. Los muros que las rodeaban no pudieron ser abatidos militarmente hasta muchísimo más tarde, cuando Alejandro el Grande (otro Emperador «Grande») usó la catapulta y la ballesta mecánica en el asedio a Tiro y Sidón, 300 años antes de la nuestra era. Pero, ¡estamos diciendo que las «ciudades» sumerias fueron vencidas 2000 años antes de disponer de instrumentos bélicos capaces de derribar fortalezas!.

Los sumerios, pacíficos habitantes de aquellas tierras durante siglos, que habían sido unos grandes creadores culturales e inventores de los sistemas de fichas y de las bullae y, como consecuencia, de la escritura, fueron invadidos y vencidos por los semitas acadios que dominaron Mesopotamia en pocos años. El título de «Rey de Sumer y de Akkad» lo mantuvieron las sucesivas dinastías durante más de mil años con la clara intención de perpetuarse en el poder, basándose en la legitimidad de los primeros habitantes (cultos) y en la de los conquistadores (bárbaros).

«Por otro lado, resulta significativo establecer un paralelismo entre Sumer y la Grecia clásica, pues no sólo fueron dos centros culturales de primer orden, que moldearon otras civilizaciones, sino que, además, su célula política básica fue la ciudad-Estado2». Y así como Grecia sucumbió al imperialismo de Roma, Sumer lo hizo ante el imperialismo Acadio. Lo que parece cierto es que, a partir del 2700 antes de nuestra era, las cosas en Sumer empezaron a cambiar con guerras entre ciudades. En trescientos años, los acadios los vencen y los «unifican». En las mismas fechas y en las mismas regiones el sistema de bullae empieza a ser sustituido por la escritura, al mismo tiempo que los semitas comienzan a dominar los secretos de los metales preciosos -oro, plata, bronce-: el peso, con la balanza de precisión; y la calidad, con el agua regia y la piedra de toque.

En ninguna parte se explica cómo este victorioso guerrero consiguió entrar en las ciudades amuralladas. Tenemos que recordar que quizás no fue una casualidad el hecho de que Sargón hubiese sido copero -encargado de bodegas, medidas y tesoros. He aquí una hipótesis audaz, o por lo menos, sugerente. Una ciudad inexpugnable militarmente sólo tiene un punto débil: las puertas. Si se consigue la complicidad -traición- de algún oficial de la ciudad, el invasor puede entrar de noche y hacerla suya. Pero ¿cómo conseguir la complicidad? ¿Qué era aquello tan valioso, capaz de hacer que un oficial se arriesgara a traicionar su propia ciudad? Cualquier regalo bastante valioso habría levantado sospechas: ¿cómo había conseguido unos bienes valiosos sin que constase ninguna transacción registrada en el templo, ni se hubiera hecho ninguna operación en la plaza del mercado? Aceptar el cargo de «gobernador de la ciudad», nombrado por el rey vencedor, era una ofensa imperdonable y levantaría un odio asesino demasiado peligroso. Los ánimos de poder se habían visto siempre muy limitados por las circunstancias.

La genialidad de Sargón fue la de descubrir que sí había solución. Consistía en dar gran cantidad de oro a cambio de la «complicidad» de abrir las puertas. Y, al mismo tiempo, prometer que la «normal» tendencia de los últimos años, por la que los semitas aceptaban el oro como «moneda» para todos los intercambios, se generalizaría con el nuevo rey. Éste aboliría el sistema de bullae y registros: se podría comprar y vender con oro sin las trabas administrativas y «anticuadas» de los sumerios. Era, ciertamente, un buen negocio. Si, a pesar de esto, él no aceptaba, lo matarían y se lo propondrían a otro oficial...

Los mitos de conquistas «milagrosas» de ciudades fortificadas son, quizás, significativos. En las ruinas de Jericó se han encontrado fichas. Y algún día Jericó, la inexpugnable, fue asaltada por semitas gracias a que, milagrosamente, se derribaron las murallas sin luchar. Sólo paseando un arca de oro por delante... Entonces, como ahora, es preciso mantener las formas. Y a los vencedores no les gusta enseñar sus trucos. Prefieren ocultar sus ignominias bajo pomposos y misteriosos mitos revistiéndolos de ayudas celestiales. El Caballo de Troya puede ser otro de estos mitos encubridores del poder del oro.

Con el dominio de los acadios se refuerza el papel de los templos, que se unifican con el Estado; crecen la burocracia, los impuestos obligatorios, la opresión de las mujeres, los asesinatos rituales, las construcciones monumentales, las guerras y las conspiraciones incesantes. Desde entonces, todas las «civilizaciones» han compartido las características de la historia. Todo se ha podido vender y comprar con total impunidad.

Siempre, desde entonces, se ha separado la facturación documentada con fines contables del pago con el instrumento monetario. Desde entonces, los banqueros, los comerciantes y el Estado han tenido sus sistemas de contabilidad que les ha permitido dar créditos y cobrar intereses; crear inflaciones y deflaciones aumentando, reduciendo o falsificando «moneda» -siempre limitada y limitable- según los propios intereses. Desde entonces, siempre la contabilidad ha sido falsa, sin ningún reflejo paralelo exacto con los intercambios reales.

La civilización del papel -y de la imprenta- ha desarrollado el mismo tema: mejorar los sistemas contables y de crédito para unos pocos y «liberarlos» de los inconvenientes de los metales con la emisión de los billetes del banco (también siempre controlados por quienes los emiten arbitrariamente, por definición). El cheque y el giro han añadido todavía mayor capacidad de maniobra.

Con la civilización naciente del silicio, material básico de los chips, es decir, de la electrónica y la telemática (informática conectada a distancia) se ha llegado a la sutileza más invisible, pero más potente. Ni oro, ni papel: registros electrónicos. Pero su estructuración continúa siendo, en los rasgos más básicos, la misma que hace 4500 años y para los mismos fines: no dejar rastro, controlar la información y monopolizar la capacidad de creación de poder de compra.

La hipótesis emitida sobre el origen de la «historia oficial» debe ser sometida, evidentemente, a un estudio mucho más serio. Su explicitación tiene, sin embargo, una doble función: incitar a la realización de este estudio y, al mismo tiempo, dar una pista sugerente sobre el tema que nos ocupa. «Se non é vero é ben trovato».


Notas:

1Griñó, Raimon, Gran Enciclopèdia Catalana, Barcelona, 1979, volumen 13, página 349.
2Íd., volumen 14, página 67.

Capítulo 11. Dar la cara. El poder del dinero. Índice. El poder del dinero. Capítulo 13. Agilidad y exactitud. El poder del dinero.

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