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Pequeña historia de la moneda.
Agustí Chalaux de Subirà, Brauli Tamarit Tamarit.

El capitalismo comunitario.
Agustí Chalaux de Subirà.

Un instrumento para construir la paz.
Agustí Chalaux de Subirà.

Leyendas semíticas sobre la banca.
Agustí Chalaux de Subirà.

Ensayo sobre Moneda, Mercado y Sociedad.
Magdalena Grau Figueras,
Agustí Chalaux de Subirà.

El poder del dinero.
Martí Olivella.

Introducción al Sistema General.
Magdalena Grau,
Agustí Chalaux.

La plutarquía y otros relatos. El poder del dinero. Índice. El poder del dinero. Capítulo 2. Arma sutil. El poder del dinero.

Capítulo 1. La monetización humana.

La moneda ha llegado a ser, de buen grado o a la fuerza, en muchas culturas contemporáneas, una pieza clave en las relaciones humanas.

Es difícil imaginarnos el mundo sin moneda. Las utopías que lo proponen, de momento, fracasan. Pero, al mismo tiempo, existe la intuición de que la moneda no siempre es una ayuda para las relaciones humanas, sino que también las enreda. Vivimos en esta ambigüedad.

Alain Minc.Estos últimos años -como en ciertos períodos de la historia de las sociedades monetizadas- el «dinero ha dejado de ser tabú para convertirse en rey». Esta frase es de Alain Minc, el brazo derecho del financiero Carlo de Benedetti. En su último libro L'Argent fou (El dinero loco) dice que «cree en la economía de mercado, en el capitalismo y en su capacidad de movimiento y de renovación y acepta por tanto 'el precio que se tiene que pagar: el peso del dinero en nuestra sociedad'. El principal problema se encuentra en que 'nuestro capitalismo no tiene un contramodelo, se ha descubierto que sólo existe una manera de hacer economía de mercado y ahora se tiene que encontrar, dentro del propio sistema, un contrapoder' sin el que se 'recrearán los conflictos de clases' y se pondrá en cuestión la legitimidad del sistema económico vigente en la actualidad. 'Ha llegado el momento de decir stop, vamos a derrapar'. El mercado que sólo se identifica con el dinero se ha convertido en 'totalitario'. Hoy existe un 'salario mínimo de los ricos' porque los tipos de interés son muy superiores a la inflación. 'No existe salario que aumente en la misma proporción1'».

Después de esta sorprendente denuncia, Alain Minc nos sorprende con la solución: «Preconiza la instauración de una ética y la resurrección de la virtud y la moral. Unas reglas económicas y de vida que consisten en 'no vender ni comprar acciones' y en colocar sus ahorros en cuentas a plazo».

Por lo que sabemos de nuestro sistema económico, las crisis de sobreproducción o de subconsumo, la inflación o la deflación, la pobreza y la opulencia... no son disfunciones fácilmente solucionables. Parecen formar parte de la misma dinámica del capitalismo real. Dicen que son el precio inevitable de un sistema que favorece el progreso, el desarrollo y la modernización. El socialismo real no sólo no parece haber superado estos problemas, sino que ha creado otros.

Los teóricos de uno y otro sistema han considerado el tema monetario como tema secundario en la economía. Mientras la moneda estaba vinculada a metales preciosos escasos provocaba problemas, pero su emisión tenía una cierta disciplina. A medida que la moneda se ha ido desligando de cualquier contrapartida real y que la única disciplina es la impuesta por las necesidades de los estados y por los intereses de los bancos estamos viviendo una situación radicalmente nueva, sobre la que no sabemos gran cosa. «La actitud de los economistas ante la moneda puede parecer curiosa. Mientras se desarrollan durante el siglo XVIII los bancos emisores de billetes gracias a los que es posible hacer una política de creación de moneda autónoma, libre de las limitaciones impuestas por la producción de metales preciosos, los economistas lanzan la idea de que la moneda es un fenómeno secundario del que es posible prescindir cuando se estudian las leyes económicas fundamentales. Este punto de vista, que prevalece desde entonces, no les impide denunciar regularmente los desórdenes monetarios que, según ellos, son la causa de la inestabilidad de las economías. Esta actitud paradójica es testigo, en todo caso, de la complejidad de la función que tiene la moneda en las sociedades modernas2».

Mientras los teóricos discuten, el dinero corre por todo el mundo a golpe de ordenador buscando beneficios inmediatos, aprovechando los tipos de interés altos en uno u otro país, comprando y vendiendo acciones que no tienen nada que ver con el valor de las empresas que las han emitido, especulando sobre propiedades inmobiliarias, en materias primeras o en recursos naturales escasos... El dinero fácil y abundante para especular destruye así la producción real, agrava la depredación ecológica, condena a la miseria a millones de personas... facilita el tráfico de influencias, la evasión fiscal, el tráfico de drogas y de armas... Aquí y allá surgen voces que alertan de los peligros que la economía especulativa, facilitada por las transacciones electrónicas, puede representar para la economía real y para el Estado de derecho.

Maurice Allais.Lorenzo Dionis, un profesor de la IESE, expone la gravedad de la situación. «Me viene a la memoria el aviso que el Nobel de Economía del año 1988, Maurice Allais, dio el mes de mayo a través del diario Le Monde, al afirmar que el volumen de dólares que se transfieren diariamente de una mano a otra alcanza la cifra de 420.000 millones, cuando las necesidades reales no pasan de 12.400 millones... No cabe la menor duda de que estos manejos de dinero inexistente, que hace ricos en un día a «tiburones» o «yuppies» a costa de que se tambalee la empresa real, la que rinde un servicio y crea valor económico añadido, no se aceptan con facilidad. Estos negocios ficticios nos han proporcionado el «lunes negro» del 87, el «viernes triste» del 89 y el próximo bache que puede traer el 90. Porque en la década de los años noventa, o se refuerza la economía real de Europa y del mundo o el capitalismo... volverá a romperse3».

Por su parte el profesor de política económica de la Universidad Keita de Tokio «Compara los mercados financieros con un gran casino habitado por especuladores atentos a cualquier posible maniobra...» y añade «que cada vez es más difícil controlar estos juegos financieros... porque los mercados financieros de todo el mundo están ahora sincronizados y las transacciones están dirigidas globalmente, no nacionalmente. Podemos prever que la información de las redes internacionales convertirá los mercados mundiales en casinos en los años 90, cosa que beneficiará numerosas «burbujas» e incrementará el número de las transacciones que no se basan en factores económicos4».

Estos recientes toques de alerta, hechos por personas que conocen bastante bien el sistema actual, no hacen más que añadirse a los de otras personas que desde hace años avisan de los peligros que tiene una moneda desvinculada del mercado de bienes y servicios real. Pierre Mendes-France, en 1974, ya planteaba estos problemas, pero todavía no se ha encontrado la manera de resolverlos. «Pienso desde hace tiempo que es urgente preservar las operaciones comerciales y las transacciones corrientes de los accidentes que provoquen las migraciones salvajes de capital. Se han de controlar estas migraciones e impedir ciertas agitaciones de pánico o de especulación. Es preciso crear una especie de policía de los movimientos de capital. La tendencia a la inflación sólo puede ser dominada si una ley clara e irresistible une el mecanismo monetario a las necesidades verificables de la vida económica y de los intercambios5».

Al lado de estos procesos de divorcio entre la economía real y el movimiento de dinero rápido, básicamente electrónico, continúan los flujos de dinero negro. «Como promedio, llega a la Confederación Helvética más de una tonelada diaria de billetes de banco de todo el mundo6». Gran parte de este dinero puede ser blanqueado del fraude fiscal, del tráfico de influencias o de drogas. «Los tres grandes bancos suizos... se han defendido vigorosamente de las insinuaciones sobre su participación en la «conexión libanesa», pero el Ministro de Interior de la Confederación ha demostrado que los correos que trasladaban el dinero desde Turquía a Zurich pasando por Sofía, lo hacían en maletas de los bancos7».

Algunos problemas actuales son tan explosivos que las mismas instituciones, que normalmente ejercen el dominio financiero sobre los estados, comienzan a darse cuenta del absurdo y del peligro de la situación creada. «El director del Fondo Monetario Internacional se ha dirigido a los gobiernos deudores ante las «extravagantes demandas» de los bancos acreedores para que resistan a la reclamación de su astronómica deuda. Si realizaran tales pagos se privarían de importaciones esenciales y condenarían a sus países a la inanición. (Esta) filtración ha suministrado una mayor ansiedad en los sectores privados de la banca de los países ricos, que se enfrentan ahora a las consecuencias de más de un decenio de préstamos imprudentes a gobiernos inestables o débiles8».

Para intentar cambios políticos la moneda parece un instrumento clave. El presidente Fujimori prometió que cambiaría «la moneda de Perú como una medida para combatir la crisis». El presidente saliente, Alán García reconoció que «En mi Gobierno quizá se cometieron muchos errores... pero también hubo demasiada carga emocional, demasiado odio, porque en un momento intentamos controlar los instrumentos del manejo del dinero9». Han pasado los meses, el cambio de moneda no se da y la situación no parece mejorar. Cuando debido a una situación inflacionaria -como en Argentina- se produce un cambio de moneda (el peso por el austral o la equiparación del austral al dólar), se modifica el nombre o el valor, pero no se modifican sus características desinformativas y corruptoras. Los resultados no acostumbran a ser los esperados.

Y para enredar las cosas el actual tipo de moneda también es una buena herramienta. «La causa directa de la caída de la dirección federal del partido (Los Verdes) fueron las irregularidades financieras en la compra y gestión de la sede central del partido en Bonn. Tras años de erigirse en el gran acusador de la corrupción de los otros partidos parlamentarios por el escándalo Flick y otros, los «verdes» se han visto desposeídos de su aureola de honradez y de sencillez espartana. Los «fundamentalistas» acusaron a los «realistas» de capitalizar de forma «miserable» los errores que hubo y rechazaron todas las acusaciones de malversación y de irregularidades fiscales. Según uno de los dirigentes radicales depuestos, el escándalo es 'una maniobra preparada desde hace largo tiempo para integrar al partido en el sistema vigente y quitarle su carácter revolucionario y anticapitalista10'».

Antes del crack de 1929 había unos sectores sociales que ganaban mucho dinero. Cuando todo estalló muy pocos ganaron. Casi todos perdieron. Y la crisis se extendió por todo el mundo y con ella la guerra. Siempre es así. Un ciclo infernal: ganancias rápidas desligadas del mercado real, crisis y guerra para salir de la crisis. En el 29 las autoridades monetarias no quisieron intervenir a tiempo. Ahora, aunque intervengan dentro de los estados, no saben como controlar el nivel de la especulación internacional. Las izquierdas y los alternativos no dicen ni hacen gran cosa al respecto. Quizás continúa pendiente el sueño de que la crisis será el fin del capitalismo y con ella vendrá el nacimiento de una nueva sociedad...

El ciudadano normal ante los problemas monetarios y económicos se siente superado. No entiende demasiado, se mete en su nido y confía en que todo esto sean alarmismos. No puede aceptar el hecho de pensar que va en un barco sin timón. Se horroriza. Se exculpa diciendo que «lo resuelvan los economistas y los políticos, que para esto estudian y ¡para esto cobran parte de nuestros impuestos!».

Pero el ciudadano que no quiere ser un inconsciente no le toca otro remedio que intentar entender un poco más el poder secreto de la moneda, si quiere saber en qué barco navega y en qué puede colaborar para evitar el naufragio.

Un origen poco claro.

Tenemos que reconocer que el origen de la moneda no es claro. Y tal vez no pueda serlo porque todavía no hay acuerdo sobre qué es la moneda. Lo que sí sabemos es que en diversas culturas y momentos se encuentra un conjunto amplio de instrumentos y de objetos de los que hay indicios que han tenido funciones «monetarias». Pero estos indicios están sometidos al peligro, que tiene todo historiador, de interpretar el pasado según conceptos y realidades del presente. Y el caso de la moneda es uno de los afectados por este peligro, al menos por la pobreza de los resultados conseguidos hasta ahora en el intento de encontrar sus orígenes.

En general, como iremos viendo, podemos decir que la moneda es un invento antiguo que se presenta bajo diversas formas («bienes-símbolos», arcilla, herramientas, metales, papel, tarjetas...), puede tener diferentes características (personalización, anonimato, valor intrínseco, equivalencia abstracta...) y puede cumplir variadas funciones (unidad de cuenta, medio de intercambio, depósito de valor...). Este antiguo y curioso invento ha facilitado el intercambio de todo tipo de «bienes y servicios» entre y dentro de las culturas que han desarrollado algún grado de especialización productiva.

Las culturas comunitarias en las que predomina la reciprocidad de dones en su interior, también han aceptado, en muchos casos una u otra forma de moneda en las relaciones con otras comunidades o con las sociedades en que han estado inmersas.

La literatura de divulgación sobre el tema, sobre cuya base el ciudadano y el economista han forjado su idea de moneda, está llena de afirmaciones como éstas:

«Los indicios más primitivos del uso del dinero se remontan al cambio de barras de metal hecho en los templos babilónicos alrededor del año 3000 a. C. Las monedas más antiguas que conocemos son del siglo VII a. C.». «Las formas primitivas del dinero variaban por todo el mundo. Solían ser cosas que podían aprovecharse clara y fácilmente, que no eran demasiado grandes y que todos estaban de acuerdo en que eran deseables. Los granos de cacao, las plumas, el aceite de oliva y las pieles se habían usado como dinero. Las conchas fueron unas de las formas más corrientes de moneda primitiva. Los collares de conchas fueron usados principalmente en las islas del Pacífico. Los anillos de metales diversos fueron unas de las más importantes monedas corrientes prehistóricas; se utilizaban en buena parte de Europa y de Oriente Medio. En el Tibet y en China los ladrillos de té fueron unas de las primeras formas de dinero11».

«Comprendieron que, en lugar de cambiar unos objetos por otros, era mejor utilizar piezas de valor, pequeñas y manejables, para cambiarlas por cosas. Cada cosa se cambiaría por una, dos, tres o más pepitas de oro según su valor12». «Los héroes de Homero estimaban en bueyes el valor de sus armas. Los egipcios también calculaban a base de bueyes, lo mismo que los germanos y los romanos arcaicos13».

Todos estos datos, expuestos sin cronología ni conexión, son un popurrí que no hacen más que reforzar la idea de que la moneda ha surgido con valor intrínseco, como tercera mercancía, que favorece el intercambio de bienes y que todas estas formas «primitivas» no sirven más que para ayudar a que surja la perfección monetaria: las piezas de metal acuñadas. Es a éstas que los libros dedican la mitad de sus páginas, reservando el resto para explicar la evolución moderna de la moneda (del papel a la electrónica), evolución que contradice, paradójicamente, gran parte de las ventajas teóricas de las monedas metálicas.

Merced, mercado, moneda.

No es función de este ensayo desarrollar un estudio histórico completo sobre estos temas, pero sí el de intentar desmitificar una visión impuesta de la moneda, generalmente aceptada, pero en gran parte irreal. Intentaremos exponer brevemente una hipotética aproximación a las diversas expresiones del hecho monetario. Toda historia es una hipótesis.

En la diversidad de culturas humanas que han vivido y viven en nuestro planeta, muchas de ellas han encontrado la necesidad de intercambiar objetos, normalmente excedentarios, por otros, normalmente deficitarios, y esto tanto con el exterior (con otras comunidades o sociedades) como en el interior de la propia cultura (entre grupos o individuos).

Esta necesidad se ha concretado durante muchos siglos y en muchos lugares en un tipo de mercado que se fundamenta en el don recíproco, un don no cuantificado por ninguna otra medida más que la de la satisfacción subjetiva de quienes realizan el intercambio. Es un mercado de intercambio de regalos, «gracioso» (en castellano, merced), cualitativo, ritual. Actualmente, a pesar de la destrucción que sufren, existen todavía culturas que consideran este tipo de mercado como el más dignamente humano. El mercado de la reciprocidad engendra unos valores humanos (prestigio, renombre, responsabilidad personal...) y sociales (mantener la paz, reconocer las relaciones de parentesco, afirmar alianzas colectivas...) que son considerados tanto o más importantes que el valor de los objetos «materiales» intercambiados.

En el mercado de la reciprocidad, y gracias al estímulo de estos valores humanos y sociales, también se acostumbra a generar un tipo de competencia productiva y, por tanto, de sobreproducción y de abundancia. Una abundancia relativa, evidentemente, a sus deseos que no acostumbran a ser demasiado sofisticados ni numerosos. El mantenimiento de estas formas de mercado de reciprocidad no es sólo un problema de protección de los «valores» de comunidades «primitivas» sino que tiene mucho que ver con el gran problema del «hambre» que afecta a 2/3 partes de la humanidad actual. Desde Occidente hemos considerado que estas formas de mercado de reciprocidad y de producción para el consumo eran anticuadas y que eran la causa de los problemas de falta de desarrollo que sufrían estas culturas (vistas desde la óptica etnocéntrica del modelo occidental ¡como culminación de la evolución humana!).

La estrategia, tanto capitalista como socialista, de los estados, de las empresas y de las Organizaciones No Gubernamentales de Ayuda al Desarrollo occidentales, ha sido desastrosa: se ha intentado por todos los medios «sustituir el proceso de reciprocidad indígena por un proceso de producción «rentable» (rentable en términos de cambio» es decir, «desarrollar...formas de producción privatizadas o colectivizadas que orienten la producción indígena hacia el cambio y la creación de moneda de cambio» «es a esto que propongo llamar economicidio14».

Pero otras culturas, especialmente aquéllas en las que el mercado ha llegado a ser complejo y de gran alcance hasta el punto que se ha perdido la confianza y el vínculo étnico que exige la reciprocidad, han encontrado la necesidad de facilitar el intercambio de una manera más satisfactoria que el mercado subjetivo-cualitativo15.

Estas culturas usan lo que podemos llamar, unidades monetarias, realidades totalmente abstractas, que permiten hacer una «regla de tres», una equivalencia de valor entre dos objetos a intercambiar. De la misma manera que para medir distancias concretas utilizamos unidades de longitud convencionales y abstractas (p.e. el metro) así, para medir el valor de cambio de las mercancías concretas utilizamos unidades monetarias: éstas son unidades de medida convencionales, abstractas y homogeneizadoras. Constituyen un común denominador contable abstracto, permitiendo comparar todas las heterogéneas mercancías existentes en un determinado mercado. Gracias a que a cada mercancía heterogénea se le atribuye un cierto número de unidades monetarias abstractas homogeneizadoras es muy fácil calcular equivalencias numéricas entre diferentes mercancías.

La consecuencia inmediata de la introducción de unidades monetarias en un mercado es la determinación de valores mercantiles. Estos valores mercantiles son la resultante de la comparación homogeneizadora entre mercancías concretas y unidades monetarias abstractas. Es decir, son valores mixtos (concretos-abstractos).

Los precios (por ejemplo: «Un kg. de patatas vale 60 unidades monetarias») y los salarios (por ejemplo: 1 jornal de obrero vale 4000 unidades monetarias) son los valores mercantiles directos.

En cambio, lo que llamamos dinero es el poder de compra que tiene una unidad monetaria para adquirir mercancías concretas (por ejemplo: con 1 unidad monetaria puedo comprar 1/60 kg. de patatas o 1/4000 jornal de obrero). Podemos decir que el dinero es un valor mercantil inverso.

La posibilidad de que en muchas culturas se haya usado una unidad monetaria abstracta casi no ha sido considerada como clave de interpretación de multitud de objetos considerados «moneda» pero que no eran fácilmente adaptables a la moneda-mercancía (tipo oro), considerada la única «verdadera» moneda.

Es posible que muchos de estos objetos «monetarios» sean o bien signos de riqueza y de prestigio, o bien patrones de medida de valor. En los primeros casos son ofrecidos o intercambiados, en ciertos momentos o por ciertos acontecimientos, con la función social de creación y mantenimiento de lazos de amistad y de relación. Mientras que, como patrones de medida de valor, estos objetos no son casi nunca intercambiados sino que son una referencia abstracta, o una herramienta de contar-calcular, que sirven para establecer equivalencias entre mercancías.

Esta hipótesis nos permitiría situar el uso del «buey» (en Grecia, Egipto, Germania y la Roma arcaica) como unidad monetaria abstracta, como unidad de referencia que permitía establecer «reglas de tres» entre dos objetos a intercambiar. Esta hipótesis parece mucho más coherente que no la del uso del «buey» como moneda-mercancía, que es preciso dividir, intercambiar y transportar ¡en cada cambio! Si esto fuera así, descubriríamos un gran malentendido que ha complicado las cosas hasta nuestros días.

La mayor parte de las veces, la documentación que poseemos es insuficiente para poder confirmar con base suficiente esta interpretación. En gran parte, esta dificultad procede del hecho de que los estudios realizados acostumbran a estar orientados por la visión «moneda-mercancía» y no por la hipótesis «unidad monetaria abstracta». A pesar de estas dificultades, hemos seleccionado un par de ejemplos que parecen ir en la dirección indicada.

Los habitantes de las Islas del Almirantazgo (Malasia) pueden evaluar todos sus bienes en conchas y dientes de perro. En los intercambios corrientes, sin embargo, las conchas y los dientes de perro no son utilizados prácticamente nunca, mientras que su uso es obligatorio en los intercambios rituales.

Entre los Lele de Kasai (Congo), la tela de rafia constituye el patrimonio nupcial que todo hombre que quiera casarse debe poseer. Pero, a su vez, los bienes que son objeto de intercambio no ritual pueden evaluarse en unidades de la tela de rafia. En estos intercambios, por tanto, la tela de rafia no interviene como mercancía concreta, sino únicamente como patrón de valor.

El caso más significativo es el relatado por el explorador francés del siglo XIX, L.G. Binger que «transcribe así la conclusión de un negocio entre dos comerciantes del norte de Ghana (donde como en gran parte de África se usaban cauris -conchas- como moneda): «La calabaza de sal vale 2000 cauris, cien kola valen 1000 cauris. Te daré pues, 200 kola por una calabaza de sal16».

Hemos visto hasta aquí dos formas diferentes de resolver los problemas de los intercambios. El mercado de reciprocidad (sin moneda) y el mercado de intercambio (con unidad monetaria abstracta para contar equivalencias). Ahora bien, algunas culturas, debido a su complejidad creciente y a la fluctuación de los valores mercantiles -precios, salarios y, por tanto, dinero-, han considerado necesarias unas nuevas modalidades de intercambio. Estas culturas buscaron unos instrumentos que permitiesen unas transacciones más rápidas, más cómodas, más ágiles, más precisas, más seguras... que las que ofrecía el mercado de intercambio (solamente con unidad monetaria abstracta).

Estas culturas inventaron los instrumentos monetarios. Con estos, se puede sustituir el intercambio directo de mercancías por un sistema de cambio diferido en el espacio y en el tiempo. Valiéndose de los instrumentos monetarios es posible obtener la mercancía deseada sin entregar otra mercancía a cambio.

Los instrumentos monetarios son, pues, un «reconocimiento de deuda» que puede concretarse, en el extremo, de dos maneras bien diferentes:

o bien como un documento registrado en un sistema de cuentas corrientes personales, que permite compensar las unidades monetarias de cada acto de compraventa;

o bien como una moneda-mercancía con valor suficiente para ser aceptada como prenda de igual valor que la mercancía vendida, prenda con la que poder comprar otra mercancía en otro momento.

A la definición y diferenciación de estos dos tipos de instrumentos monetarios dedicaremos gran parte de los capítulos siguientes. Como veremos, es posible que el instrumento monetario basado en una especie de «cuentas corrientes personalizadas» fuese anterior al basado en la «moneda metálica». Pero también es muy probable que, en un mercado en expansión constante, el sistema de registros en cuentas corrientes llegue a ser, tarde o temprano, pesado, lento e insuficiente y que, por tanto, apareciesen los instrumentos monetarios más conocidos históricamente en Occidente: la moneda metálica (o cualquier otra forma de moneda-mercancía con valor intrínseco).

De momento, pues, sólo es preciso recordar que, a grandes rasgos, hay diferentes tipos de mercado en relación al uso, o no uso, de uno u otro tipo de «moneda».

Mercado de reciprocidad sin moneda.

Mercado de intercambio con unidad monetaria abstracta.

Mercado de cambio con unidad monetaria abstracta y con instrumento monetario («contable» o «metálico»).

El mercado de cambio basado en el uso de instrumentos monetarios es el que ha predominado en la mayor parte de civilizaciones, es decir, allí donde la cultura de ciudad, con o sin Estado, ha sustituido las otras organizaciones culturales, principalmente comunitarias. Son los instrumentos monetarios los que han invadido la mayoría de relaciones humanas contemporáneas, incluso, con más o menos incidencia, las culturas comunitarias, de manera que el estudio más minucioso de las funciones de los diferentes tipos de moneda, (con sus peligros y posibilidades) se convierte en pieza clave para la comprensión y el intento de resolución de una parte importante de los conflictos humanos.

Podemos decir, siguiendo la más pura tradición, que la moneda tiene, principalmente, tres funciones:

Primera. Unidad de cuenta (facilita la equivalencia).
Segunda. Medio de pago (facilita el intercambio)
Tercera. Depósito de valor (facilita el ahorro y la inversión)

Las dos primeras funciones, como veremos, son bastante independientes del tipo de instrumento monetario utilizado. Es decir, tanto se pueden satisfacer con monedas de oro, como con un sistema de cheques y anotaciones en cuentas corrientes. Pero, en cambio, sus resultados sociales y económicos, son diferentes.

La tercera función sí que depende del tipo de instrumento monetario, ya que en la medida en que éste cumpla mal la función de reserva, la gente se verá obligada a sacárselo de encima y volver al intercambio -típico de momentos de alta inflación-. Mientras que, si el instrumento tiende a satisfacer bien la función de reserva, la gente tenderá a atesorarlo como riqueza, reduciendo su circulación y dificultando que la moneda pueda llevar a cabo su función de intermediaria del cambio.

A estas tres funciones de los instrumentos monetarios, será necesario recuperar una cuarta, hasta ahora despreciada, pero fundamental para aprovechar las posibilidades de la moneda electrónica:

Cuarta. Sistema de información (facilita la macroeconomía y el Estado de derecho).


Notas:

1Alain Minc propone un cambio radical en el sistema capitalista, «El Periódico», 11 de febrero de 1990.
2«El Correu de la Unesco», febrero de 1990.
3Economía real y economía especulativa «Actualidad Económica», 25 de diciembre de 1989.
4Una rápida globalización económica. «El Periódico», 14 de enero de 1990.
5El nuevo camino de la economía mundial «Actualidad Económica», 25 de mayo de 1974.
6La banca suiza teme que el escándalo del blanqueo de dinero del narcotráfico afecte a su prestigio. «La Vanguardia», 8 de noviembre de 1988.
7Los socialistas exigen que se confisque el dinero sucio. «Cinco Días», 21 de noviembre de 1988.
8La deuda del Tercer Mundo devora los beneficios de los bancos privados. «La Vanguardia», 1 de marzo de 1990.
9Fujimori ofrece un gobierno de unidad nacional «El País», 11 de junio de 1990.
10Los «verdes» de la República Federal Alemana ante el cisma. «El País», 6 de diciembre de 1988.
11Redden, Richard, (1976), Els diners, Plaza & Janés, Barcelona, 1978 páginas 3-4.
12Ibáñez, Francisco, La història dels diners, La Caixa, Barcelona, 1989, página 6.
13Nitsche, Roland (1970), El dinero, Editorial Noguer, S.A., Barcelona, 1971, página 11.
14Temple, Dominique, Alternatives au Développement, Centre Interculturel Monchain, Montreal, 1989, página 97).
15Grau, Magdalena. Moneda telemática y estrategia de mercado. Centro de Estudios Joan Bardina. Barcelona, 1985, capítulo 2. En este texto se exponen las bases de la crítica a la moneda actual y los fundamentos de una moneda racional. Es el primer estudio recopilador de las aportaciones de Agustí Chalaux sobre estos temas.
16«El Correu de la Unesco», febrero de 1990.

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